La “Diocesanidad”, una exigencia de comunión

Miguel Navarro Sorní
Durante los días 13 al 17 de noviembre del pasado 2017 tuvo lugar en Roma la Asamblea Internacioal de la Unión Apostólica del Clero. Con motivo de este encuentro el papa Francisco recibió a sus participantes, a los que dirigió un breve pero interesante discurso, en parte improvisado, que vamos a resumir tratando de desentrañar las importantes enseñanzas que nos aporta.

La comunión es un bien
Francisco comenzó su discurso citando el primer versículo del salmo 133: “¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos”. La elección de este pasaje es significativa y va más allá de una simple introducción, pues subraya desde el inicio, con la autoridad de la Palabra de Dios, que la comunión es algo “bueno”, querido por Dios; más aun, es algo que hace “dulce” la vida humana, que la bonifica. Por tanto, ya desde el arranque del discurso aparece la convicción de que la comunión es un bien, y un bien divino, un don de Dios que reproduce la vida divina en nosotros. Hay que convencerse de ello, pues en ocasiones en la vivencia del ministerio tendemos a tomar actitudes individualistas, que restan fuerza y eficacia al mismo, cuyo ejercicio siempre es comunional, en presbiterio, y nunca aislado ni personalista.

La comunión trinitaria modelo de la comunión eclesial
Tras los saludos preliminares, el papa hizo referencia al tema de estudio de la Asamblea: “la espiritualidad diocesana” del ministro ordenado, para recalcar que esta tiene su modelo en “la comunión trinitaria”. Dicho con otras palabras: la “diocesanidad” de la Iglesia es consecuencia de la comunión trinitaria, pues la Iglesia es imagen de la Trinidad, que debe reflejar la comunión-caridad que es la esencia de Dios. El papa lo enunció sin ambages: “el misterio de la comunión trinitaria es el alto modelo de referencia de la comunión eclesial”. Por tanto, la comunión no es una cuestión sociológica, ni meramente funcional, sino teológica. El cristiano, y más aun el presbítero, ha de vivir en comunión no por motivos prácticos de conveniencia, sino por motivos teológicos de esencia, pues no se puede ser cristiano ni presbítero al margen de la comunión. La comunión es nuestro estilo de vida, el de Dios. No es una cuestión secundaria ni circunstancial, sino primaria y esencial. Y citando a san Juan Pablo II, en Novo millennio ineunte (nº 43), Francisco recordó que “el gran desafío que tenemos” en el siglo XXI es, precisamente, “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”.

Una espiritualidad de comunión
Para ello hay que “promover una espiritualidad de la comunión”, que supone tres pasos: la conversión a Cristo, la docilidad al Espíritu y la acogida de los hermanos. A través de este camino, sentenció el papa, “nos convertimos en expertos de espiritualidad de comunión”. Es la comunión con Cristo y con el Espíritu lo que lleva a la comunión con los hermanos. La comunión eclesial es “descendente”: se recibe de Dios para vivirla con los hermanos. Por eso el papa invitó a los ministros a tener muy en cuenta que la fecundidad del apostolado no depende solo de la actividad y los esfuerzos organizativos, que son necesarios, “sino en primer lugar de la acción divina”.Por tanto, la primera exigencia de la comunión para el presbítero (como para el cristiano en general) es la santidad, la participación en la vida divina: “los santos son los evangelizadores más eficaces”, dijo Francisco, al tiempo que recordó que el principal obstáculo o tentación para la comunión es “la mundanidad espiritual, muchas veces oculta en la rigidez”. Una santidad que para el presbítero se cifra en “seguir el ejemplo del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”, y que se encuentra “en el corazón de Cristo”, donde “el Padre celestial nos ha colmado de infinitos tesoros de misericordia, ternura y amor” para que los irradiemos al mundo. De ese Corazón podemos extraer “la energía espiritual” para vivir la espiritualidad de comunión diocesana.

Una pastoral de comunión
Ahora bien, consecuencia necesaria de la espiritualidad de comunión es una acción pastoral de comunión, que, a juicio del papa, consiste en que los pastores sean “servidores fieles y sabios”, que imiten la actitud servicial de su Señor en sus comunidades (fidelidad), com-prendiendo (sapiencia) la historia particular de estas, sus alegrías y tristezas, expectativas y esperanzas. Dicho con otras palabras, la pastoral de comunión supone, por un lado y sobre todo, que los ministros dispensen fielmente los medios de la comunión divina a sus comunidades: la Palabra de Dios y los sacramentos, pues de lo contrario se limitarían a una comunión sociológica; pero por otro, obliga a que “cultiven las mutuas relaciones fraternas” y participen “en el camino pastoral de su Iglesia diocesana, en sus reuniones, en sus proyectos e iniciativas”. Actuar una pastoral de comunión implica, pues, participar en la vida diocesana, en sintonía y unidad con el obispo que es su cabeza.
Y descendiendo a importantes aplicaciones concretas, Francisco señaló que esta pastoral de comunión supone para el presbítero actuar en sintonía con el plan pastoral diocesano, por delante de “los programas de asociaciones, movimientos y de cualquier grupo en particular”; así como desterrar los chismes que “destruyen la diócesis” y “la unidad de los sacerdotes, entre ellos y con el obispo”, que son “terrorismo” eclesial.

Una comunión universal, abierta a la misión
Finalmente, el papa señaló que somos ministros para servir a una Iglesia particular, “pero con la conciencia de ser parte de la Iglesia universal”. La comunión no se restringe al ámbito diocesano, va más allá, es con la Iglesia universal, y por tanto, tiene una dimensión misionera –una voluntad de “mundializar”, dice Francisco–, por lo que la misión fuera de la propia diócesis “no es una elección individual, debida a la generosidad individual o quizás a desilusiones pastorales”, sino un compromiso diocesano de comunión: el de llevar el Evangelio a todas las gentes.

Como podemos apreciar, en su sencillez, este discurso presenta importantes elementos para reflexionar sobre el tema de la comunión diocesana, tema importante y urgente, pues, como exclama Francisco: “¡hoy necesitamos tanta comunión en la Iglesia y en el mundo!”.