Transparencia y corrupción en la sociedad actual

David González Niñerola
El Papa Francisco ya ha anunciado las intenciones que confía a su red mundial de oración (“Apostolado de la Oración”) para el próximo año 2018. La correspondiente a febrero reza: Para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual, no se dejen dominar por la corrupción. El barómetro que publicaba nuestro “Centro de Investigaciones Sociológicas” (CIS) el pasado junio deja claro que esta lacra social es, después del paro, uno de los temas que más preocupa a los españoles. Cuando se les preguntaba cuáles eran en su opinión el primer, segundo y tercer problema más importante del país, el 54,3% de los encuestados señalaba la corrupción y el fraude, doce puntos porcentuales más que en abril, cuando contestaron así el 42%. El paro seguía en el primer lugar para el 71,4%, casi dos puntos más que dos meses antes (en que la cifra fue del 69,6%), y los problemas económico-políticos inquietaban respectivamente al 21,1 y 18,1% de la población. Estamos ante una realidad tan generacional y eterna como la misma humanidad.

Etimológicamente, el latino “corruptio” armoniza el prefijo “con-“ sinónimo de “junto”, el verbo “rumpere”, traducible como “hacer pedazos”, y el sufijo “-tio”, equivalente a “acción y efecto”. Se da entonces una connotación significativa de cierta cooperación o comunión para la ruptura de un orden previo establecido y que tiene unos efectos perniciosos para la comunidad cuando se aplica a violar las leyes. Resulta interesante la forma en que se presenta igualmente el soborno (Shojad) en el Talmud. Cuando aquí se formula la pregunta “¿Mai Shojad?” -“¿qué es el soborno?”- el famoso comentador y Rabino Rashi responde jugando con la etimología hebrea de la palabra “Shehu Jad”, interpretable como “que es uno”, y explica su significado añadiendo el sentido de una acción malvada que une a ambos transgresores: el que da el soborno y el que lo recibe se vuelven un solo corazón. En este delito se produce una comunión perversa para el mal entre dos personas que se hacen casi como una sola carne. El rabino alemán del siglo XIX Samson Rafael Hirsch indicaba también la semejanza de la palabra Shojad con el término Shajat -con Tet al final- como derivada de Shejita, es decir “matar”, y con el vocablo Shajat -con Tav al final- que viene a significar “destruir”. Para el Rab. Hirsch el soborno mata y destruye la fuerza moral y espiritual del que lo recibe, además de que, evidentemente, quien lo propone ya carece de antemano de cualquier fuerza moral o espiritual y nos destruye asimismo a todos los demás por el camino. A toda la sociedad. Y está escrito, también cierra la inteligencia a la sabiduría incluso a los que ya son -presuntamente- sabios: No torcerás el derecho, no harás acepción de personas, no aceptarás soborno, porque el soborno cierra los ojos de los sabios y corrompe las palabras de los justos (Dt. 16,19).

En nuestra Iglesia tampoco hemos sido ajenos a usos y costumbres inmorales de este tipo. Demasiados siglos de cristiandad institucionalizada en una sólida solidaridad con el poder socio-político nos han llevado a la caída desde una tentación concreta para la que ya estábamos, no obstante, prevenidos: No podéis servir a Dios y al dinero porque nadie puede servir a dos señores (Lc. 16,13). Incluso hemos llegado al desengaño pensando que la evangelización pueda pasar por hacernos “mundo” mimetizando sus mismos patrones de poder y dominación, sin caer en la cuenta de que el reino de Dios no es de este mundo y adopta formas de realización distintas que no son las del dominio social o político.

Hoy, el Papa Francisco sigue de cerca una reforma financiera del “Instituto para las Obras de la Religión” (IOR), conocido como el “Banco Vaticano”, para la que el 24 de junio de 2013 fue instituida una comisión especial orientada a adecuar mejor las estructuras y las actividades del Instituto a las exigencias de los tiempos actuales. Y esto en la estela de su predecesor, Benedicto XVI. Se trata de que los principios del Evangelio permeen también la actividad de naturaleza económica y financiera de una Iglesia que el Papa desea pobre para los pobres, limpia de toda ocasión de escándalo para una humanidad que está esclavizada por la codicia y el egoísmo. Y no se ahorran calificativos y denuncias contra el fraude y la mentira de nuestro tiempo: el mes de octubre del año siguiente, en la audiencia a una delegación de la “Asociación Internacional de Derecho Penal”, Francisco afirmaba que la escandalosa concentración de la riqueza global, que de por sí ya es un escándalo, es posible a causa de la connivencia de los responsables de la cosa pública con los poderes fuertes […] La corrupción es en si misma un proceso de muerte y un mal más grande que el pecado. Un mal que, más que perdonar, hay que curar…En España, de momento, el Tribunal de Cuentas auditará por primera vez a la Iglesia católica a partir de 2018, y así cualquier ingreso o gasto en sus cuentas, y en las de otras confesiones, se harán transparentes. El del amor al dinero y la corrupción es un pecado enfermizo tan dañino que ya está sobre la mesa valorar incluso la pena de excomunión para los políticos católicos que cometan esta falta. Hasta la posibilidad de que puedan ser contratados aun después de absueltos es generadora de polémica, como sucedió en el caso de alguna persona en Valencia de reconocida relevancia pública. No se puede correr el riesgo de minimizar la importancia y el peso de la corrupción en nuestras sociedades.

Encubierto detrás del amor al dinero siempre encontramos el afán de usurpar el papel de Dios desde una preponderancia sobre los demás y el mundo que no nos corresponde ni tampoco es justa. Si, como decía Aristóteles, la justicia implica darle a cada uno lo que le corresponde, el “dinero de la iniquidad” subvierte las reglas de una equidad social que nos perjudica a todos porque impide la retribución común del justo mérito. Y es que el dinero y el poder van siempre juntos, como poetiza Quevedo en su tiempo, y ante ellos nos humillamos aunque luego nos dominen y esclavicen las riquezas como señores: Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado anda continuo amarillo. Que, pues doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es Don Dinero. Nada nuevo bajo el Sol.

La de Mammona es la mayor idolatría de todas y no estamos a salvo de ella en ningún momento como para sentirnos libres de la necesidad de una conversión constante. Empecemos por ahí desde nosotros mismos. Demasiadas veces encontramos instituciones, organizaciones y empresas que se auto-reconocen y proclaman católicas pero aparecen implicadas en procesos judiciales por impago de impuestos, por arreglos o cesiones políticas oscuras, que no cumplen con el precepto de entregar el sueldo a su tiempo como también está escrito (No oprimirás a tu prójimo, ni lo despojarás. No retendrás el salario del jornalero hasta el día siguiente -Lev.19,13-) o que se escudan hipócritamente para pagar y tratar de un modo indigno a sus trabajadores alegando el cumplimiento de legislaciones y convenios laborales vigentes aun a sabiendas de que son injustos, sin ignorar que no coinciden siempre lo legal y lo legítimo éticamente pero también sin mostrar ningún tipo de rubor. Vanidad de vanidades. La falta de voluntad de transparencia no es un buen signo tampoco. El que es hijo de la luz no teme a la luz porque nada tiene que esconder y sus platillos y balanzas tienen el peso y la medida justas. Pero la doblez adopta muchas formas. Pecadores sí, corruptos no ha dicho el Papa preocupado por una Iglesia concentrada quizá demasiado en condenar solamente la (in)moralidad -perdóneme- “por debajo de la cintura”, como manifestó literalmente en la famosa entrevista realizada este verano con el sociólogo francés Dominique Wolton...Pero de los otros pecados, como el odio, la envidia, el orgullo, la vanidad, matar al otro, quitar la vida, no se habla. Entrar a la mafia, hacer acuerdos clandestinos…“¿Eres un buen católico? Entonces dame el cheque”.