À Punt Mèdia

La recuperación del canal autonómico
J. Ramón Navarro
El traumático cierre de Canal 9 supuso uno de los episodios más vergonzosos en la debacle final del Gobierno del PP, de forma que, para el nuevo ejecutivo, la recuperación del canal autonómico se convirtió en un símbolo de ruptura absoluta con la etapa anterior. Los esfuerzos para revivir el ente chocaron desde un primer momento con la realidad jurídica y las diferencias entre los partidos del Consell. Las emisiones de la nueva radio autonómica y la configuración del equipo para la televisión, demuestran que la realidad comienza a cobrar vida, pero envuelta en una polémica constante y con más detractores que defensores. ¿Merece la pena ese esfuerzo para recuperar la televisión? El debate es complejo y debemos abordarlo desde distintos puntos de vista.
Conveniencia de una televisión pública
Quizás en los orígenes de la televisión, cuando apenas se conocía su impacto y la escasez de receptores hacía imposible el retorno en publicidad de la fuerte inversión inicial, las televisiones públicas tuvieron algún sentido. Décadas después hemos constatado que sólo modelos como el británico y alemán son viables si queremos una televisión de calidad, influyente e independiente. Aunque eso supone un elevando coste para los ciudadanos, ya que, además de la aportación del presupuesto público reciben los ingresos de un canon obligatorio para cada habitante que ronda los veinte euros mensuales. Las demás televisiones públicas responden al patrón que tan bien conocemos en nuestro país: costes desmesurados, programación de baja calidad, contratos sospechosos con productoras amigas y politización en beneficio del partido en el poder. ¿A qué modelo responderá À punt? No podemos prejuzgar, pero de momento nada apunta a que sea el primero.
Sin embargo, la necesidad de una televisión pública en el ámbito de nuestra comunidad autónoma tiene un matiz importante desde la promoción de la lengua valenciana y la apuesta por la información regional. Es un objetivo loable, pero ¿es resucitar la televisión autonómica el mejor camino para lograrlo?

Presupuesto
La nueva televisión nace con un presupuesto de 101,82 millones de euros (según el proyecto de ley, 55 millones para la Corporación Valenciana de Medios de Comunicación y 46,82 para la Sociedad de Medios de Comunicación). Una cantidad sensiblemente inferior a los más de 300 millones anuales que llegó a costar el antiguo Canal 9. En este momento, y sin empezar las emisiones por los continuos retrasos, la cifra parece abultada, pero poco realista. No es probable que sea el coste final del servicio. Según datos de la Forta (la entidad que agrupa a las televisiones autonómicas) las TV públicas españolas tienen un coste medio de 38,9 euros por habitante. ¿Será capaz nuestra futura televisión autonómica de sobrevivir con un presupuesto que supone la mitad de esa inversión? o, ¿cuando la vorágine de la caza de audiencia comience a nublar las buenas intenciones de sus directivos, les llevará a caer en el mismo error de Canal 9 de incrementar su déficit a costa de pérdidas constantes anuales?

Audiencia
El modelo televisivo ha cambiado de forma radical desde que desapareció Canal 9. Ahora, el consumo de productos audiovisuales ya no viene por los canales generalistas, ni tan siquiera por los temáticos propiciados por la TDT (otro modelo fracasado), sino por las plataformas de contenidos como Netflix, HBO, Movistar o Amazon Prime. Incluso, los más jóvenes -los que conformarán la audiencia adulta y el target comercial, el más apetecible para los anunciantes en los próximos años- pasan sus horas viendo Youtube. Es decir, que hoy la audiencia se configura su propio consumo televisivo, no espera una semana a que llegue la hora de su programa favorito, ni se preocupa por grabarlo, sino que lo puede consumir en cualquier momento y por el tiempo que quiera.
Vista esta realidad, À punt nace para sumarse a un modelo que se extingue por momentos. En la guerra actual por la audiencia, el liderazgo se alcanza con cifras inferiores al 13% de los espectadores. En este contexto, y siendo realistas, la nueva televisión sólo va a aspirar, y con suerte, al 10% de la audiencia (la media del resto de autonómicas se sitúan en estos momentos por debajo del 8%). Haciendo una extrapolación con los datos actuales de otras televisiones en la Comunitat, los programas más vistos de À punt, llegarían como mucho a unos 200.000 espectadores (la cifra es muy generosa). Con el actual presupuesto, hablaríamos de una inversión de 510 euros al año por espectador. ¿Estarían esos espectadores dispuestos a pagarlos?
No será así. À punt nace para conformarse con ese consumidor cautivo, cuyos conocimientos tecnológicos se reducen al botón de On/Off del mando. Su producto apenas llegará a los más jóvenes, ni a los sectores de la audiencia que más publicidad atraen. Sus directivos se encontrarán entonces en la disyuntiva de reconocer el fracaso o comenzar una batalla por recuperar audiencia a cualquier coste: telebasura y escándalos con famosetes en el plató, pagos desorbitados para conseguir derechos deportivos, politización extrema de los informativos para acercarse a la masa política predominante, despliegues desmesurados en acontecimientos locales. ¿Les suena?
Politización
Es el mal perpetuo de la televisión pública en España. Otros (la corrupción, la programación basura, el derroche, los escándalos…) van y vienen, pero la sumisión al partido de turno en el poder es una constante. ¿Será distinto en À punt? Los comienzos lo descartan. La polémica en la elección de la directora general cuyo principal curriculum es haber sido la corresponsal de TV3, probablemente la televisión y los informativos más politizados del Estado; un miembro del consejo rector que tilda de «discapacitados mentales, porquería, cloaca o profascistas» a los medios de comunicación; la presencia de una exconsellera nacionalista del Gobierno Balear y del expresidente del Comité de Empresa de Canal 9 entre las primeras contrataciones, nos dan la idea de la orientación del nuevo ente.
Llegados aquí, el análisis parece poco favorable para la resurrección de la televisión autonómica. Pero da igual. Ya está aquí, no depende de nosotros. Con sus pros y sus contras va a ser una realidad en 2018. Sólo queda el consuelo de actuar para que verdaderamente sea un instrumento público para promocionar las lenguas y cultura de los valencianos. Parece casi imposible. Lo es. Pero es lo único que nos queda.