Tiempo de Cuaresma:

No eludir al crucificado, los velos de los templos están rasgados para siempre
Toni Catalá, S.J.
Da la impresión de que a dios no se le ve por ningún lado, ya se nos dijo que “nadie le ha visto jamás”, muchos se lamentan por su ausencia social, otros de que nos lo quitan, y los más de que no actúa y no tiene ya nada que hacer en este mundo. ¿Es que acaso alguna vez ha estado “visiblemente” presente? ¿Acaso dios es un objeto localizable, manejable y siempre a nuestra disposición? El olvido del mandato “No profieras en vano el nombre de Yahveh, tu Dios, porque Yahveh no juzgará inocente a quien profiera su Nombre en vano” (Ex 20, 7) es un olvido culpable e interesado.

Se ha perdido la reverencia ante el Nombre, se confunden blasfemamente los planos al confundir el “Misterio Absoluto”, la “Fuente de la Vida”, con aquellos y aquellas que se erigen en sus representantes, con los artilugios y tramoyas que se montan para atraparlo, poseerlo, manejarlo o dominarlo, se habla de Dios como si se tratara de algo que se quita y se pone en función de intereses muy oscuros. Se han rasgado los velos de los templos para siempre y no lo acabamos de digerir. “Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mc 15, 38), esta rasgadura nos deja sin suelo, sin saber a qué atenernos, sobre todo sin saber a dónde acudir para encontrarlo, se desquicia la falsa conciencia del trueque sacrificial del templo, “te doy para que me des”, la falsa conciencia de que dios actúa o no actúa en función de nuestros comportamientos morales y legales... se cae en la trampa de que “si dios nos está presente es porque no hacemos lo suficiente para que lo esté”... al final un dios convertido en una variable dependiente de nuestro comportamiento, o en manos de poderes malévolos que nos lo quitan a su antojo, ¡caemos en una auténtica falta de reverencia!

Al “rasgarse el velo” los territorios por los que discurren nuestras vidas dejan de estar señalizados religiosamente, dejan de estar normados por la ley dictada por un dios amo y señor y esto provoca desasosiego, inseguridad... estos territorios inhóspitos por los que tenemos que caminar, los caminos de la vida, generan desconfianza en unos, porque a dios ya no se le ve ni tiene nada que decir, está ausente para siempre, y en otros genera una necesidad de recoser el velo compulsivamente para volver a señalizar el territorio religiosamente y poner orden en un mundo que se nos presenta como caótico.

Somos tan vulnerables que parece que siempre estemos necesitando de los dioses y sus seguridades, necesitando del “esto sí” y “esto no”, “por ahí sí” y “por ahí no” ... Si queremos ser cristianos adultos libres, autónomos y responsables, no tutelados eternamente por los funcionarios religiosos, ya no podemos hablar de según qué dios y entonces mejor callar, pero este callar nos bloquea, nos paraliza emocionalmente, este bloqueo nos puede conducir a seguir llamándonos cristianos pero cristianos que en el fondo des-esperan de Dios, dejamos de esperar en Él. No acabamos de percatarnos que en Jesús de Nazaret y su Buena Noticia se ha dado una nueva posibilidad de decir a Dios: escuchar con atención lo que él “nos ha contado” con su decir y hacer, con su modo de estar en la vida, con su modo de narrar, con su modo de implicarse compasivamente, con su modo de ubicarse en la vida desde la Vida.

Nos hemos librado de los sucedáneos de Dios y mejor no hablar de ellos, mejor callar para siempre, ¿pero somos capaces desde la rasgadura del velo de abrirnos al Espíritu que se nos entregó cuando Jesús de Nazaret expiró? Creo que debemos seguir hablando.

El velo se rasgó cuando Jesús de Nazaret expiró dando un fuerte grito (Mc 15, 37), sólo en la medida en que dejemos de buscar en el “sancta sanctorum”, en los lugares acotados y gestionados por hombres y mujeres “religiosos” en los que se siguen ofreciendo sacrificios cruentos, pues los “dioses” se han convertido en ídolos y siguen pidiendo sacrificios, nos haremos capaces de no rehuir y de mirar de frente el sufrimiento de las víctimas y de descubrir que el Dios de la Vida no puede querer de ningún modo tanta violencia, sufrimiento y muerte.

Ese sufrimiento del Crucificado y de los crucificados o nos hunde, nos paraliza y nos instala en la desolación, o nos abre a otro modo de percibir, sentir y vivir al Compasivo. Qué bien lo dice el poeta hebreo Pinjas Sadé: “Caminé, y en el camino encontré el dolor. Pero no huí de él, porque el sufrimiento es el núcleo de Dios en el mundo”. Creo sinceramente que un Dios que no sufre es un Dios que no ama. Jesús no baja de la Cruz, como ante ella le piden que lo haga aquellos que tienen a dios como garante de sus propios intereses. Jesús no bajará porque el sufrimiento del mundo en el que se ha implicado no es una broma pesada y cruel. Jesús no es una apariencia humana que haya venido a jugar con el dolor de las criaturas, siempre nos está amenazando el docetismo que no se toma en serio la humanidad de Jesús, y por lo tanto no se toma en serio la humanidad y sus heridas. Este Jesús que se ha expresado hasta el final de su vida como el que está arraigado desde siempre en las entrañas del Compasivo, “en el seno, el regazo, del Padre”, no baja de la Cruz porque el dolor del mundo está en las entrañas de Dios, aquí es cuando la palabra Dios “a secas” como muy bien dice Gesché se nos queda corta y vacía para expresar que Dios es un ámbito de Compasión, entrar en el ámbito de la Trinidad Santa es entrar en un ámbito en el que hay que desbloquear las parálisis emocionales para creativamente hablar de Dios de un modo nuevo, modo que, por otra parte, es tan viejo como vieja es la comunidad que convocó el Espíritu del Viviente que es el Crucificado.

Queremos ser tan políticamente correctos que tenemos pavor a ser tenidos por “locos y necios”, queremos ser reconocidos y relevantes cuando la verdad es que seguimos a un Impertinente (Ch. Duquoc). Intentar decir al Dios Vivo que se revela en todo lo acontecido en Jesús de Nazaret, siempre será un hablar impertinente para la lógica del mundo y de los dioses, pero es el único modo de asumir nuestra propia humanidad, vulnerable y débil, y la compasión para con las criaturas humilladas y abatidas. Estamos perdiendo la capacidad de hablar apasionadamente del Compasivo, nos estamos bloqueando emocionalmente, por nuestro pavor a incluir el sufrimiento en el Amor, en muchos contextos cristianos nos estamos paralizando en el hablar del Viviente que es el Crucificado porque el acceso a Jesús no me lo pueden marcar las cátedras de exégesis, necesarias y productoras de una investigación fascinante de la que hay que estar al tanto, sino los sufrientes de este mundo y la fe de la Iglesia, la confianza de la innumerable nube de testigos que han encontrado sentido y fortaleza en todo lo acontecido en Cristo Jesús. No podemos instalarnos en el sufrimiento, pero no lo podemos rehuir: está ahí.