LA INTERIORIDAD DEL HOMBRE

Jesús Conill
Me pregunta Jesús Belda si comentaría brevemente el mensaje del Papa Francisco a los participantes en la XXII sesión pública de las Academias Pontificias de diciembre de 2017, en el que se intenta animar y reforzar un “humanismo cristiano”, a partir del tema “In interiore homine”, un aspecto central de la experiencia humana y cristiana.

En dicho mensaje el Papa Francisco nos recuerda la sabiduría evangélica de la parábola, antes denominada del “hijo pródigo” y ahora, más bien, del “padre misericordioso”, en la que se resalta la capacidad meditadora por la que se entra en sí mismo (in se reversus [eis heautón]) y se toman las decisiones vitalmente significativas; y asimismo la figura de María que guardaba en su corazón la palabra que daba sentido a su vida. También remite a San Agustín como un tópos clásico, en el que se destaca la decisiva importancia de este dinamismo de la interioridad de la persona humana por el que cada cual progresa en el conocimiento de sí mismo y se trasciende hasta sentir la presencia divina.

¿Tienen vigor estas referencias evangélicas y figuras del mundo clásico en un tiempo como el nuestro, en que parece difuminarse el espacio vital de la intimidad? Pues hoy en día no hay tiempo ni para meditar; estamos tan atareados y alterados por una enorme cantidad de cosas y abrumados por un sinfín de canales de información, que siempre estamos ocupadísmos. Incluso algunos medios de comunicación han descrito esta situación histórica diciendo que vivimos tiempos de “extimidad”. En este contexto conviene recordar la iluminadora indicación de Zubiri, ya en Naturaleza, Historia, Dios, de que nuestra época no sólo es una época de desligación y desfundamentación, sino también de “crisis de la intimidad”. Aspectos que no habría que desvincular, sino comprenderlos en su conexión, típica de la vida contemporánea.

Nuestra vida social está hecha de habladurías y está marcada por el conjunto de espectáculos y farsas que se representan en el “gran teatro del mundo”. De ahí que vivir en sociedad exige hablar según el papel que en él nos toca desempeñar. Sin embargo, la intimidad nos capacita para estar más allá de la sociedad y de sus farsas, es el ámbito de la sinceridad y la verdad personal, sintiendo lo que es uno en sí mismo y como persona. Porque nunca las palabras expresan plenamente la intención que las motiva. En el lenguaje no puede haber plena transparencia, es decir, ser como hablante “todo palabra” y como oyente “todo ojos y oídos”, sino “indigencia” y tensión vital.

Además de esta reducción de la intimidad a la impersonalidad social, cada día va aumentando la erosión de la vida interior, debido a la creciente tecnologización de nuestra vida. Hay quienes ya nos pronostican el advenimiento de máquinas, no sólo inteligentes sino también espirituales, cuyos cerebros, diseñados por la nueva tecnología digitalizadora, posibilitarán una presunta “singularidad” que superará la intimidad.

En efecto, una de las modas actuales consiste en pronosticar que el progreso del computacionismo logrará sustituir los procesos del operador humano por dispositivos mecánicos o electrónicos, que funcionan por sí solos. Lo que no está claro es si este pronóstico equivale a decir que el funcionamiento por sí mismo de carácter posthumano, prescindirá también de la mismidad humana, radicada en el cuerpo. Pues, en principio, la intimidad es un componente de la vida humana sólo a partir de su corporalidad y no parece posible pensar la intimidad desde el punto de vista computacional, sino solo por la vía biológica. ¿Será capaz la computación, es decir, el procesamiento de información mediante un algoritmo universal, de sustituir los procesos biológicos, incluso en el orden neuronal? ¿Se logrará digitalizar la intimidad, o bien sólo puede sentirse como biológicamente corporalizada?

Ateniéndonos a los estudios, por ejemplo, de Zubiri, Laín Entralgo y Ellacuría, sentir es un proceso psico-orgánico. Sentir e inteligir son dos aspectos de un único proceso psico-neuronal, que es cerebral e intelectivo. El problema es el de la actividad psico-orgánica, que se presenta en niveles diferentes. Pero no hay una actividad de la mente “y” una actividad del cerebro, como no hay una actividad del organismo “y” una actividad del psiquismo. Todo en el hombre es psíquico y todo en el hombre es biológico. Se da una unidad de lo biológico y lo intelectivo, de lo orgánico y de lo psíquico.

Sobre esta base psico-orgánica se sustenta la subjetividad humana. Lo propio del hombre es tener que resolver sus situaciones por decisión propia y tener propiedades por apropiación, que es lo que hace del hombre una “realidad íntima y moral: una persona”. Es éste uno de los significados de la palabra “sujeto”: la remisión a la mismidad autoposesiva que soy: es mi propia realidad personal la que se actualiza en forma de yo. En esta referencia del hombre hacia sí mismo está la posibilidad de la intimidad, que es el movimiento de reversión de todo lo que yo soy sobre mi propia realidad sustantiva. Estas características de la subjetividad han de entenderse desde el “autós” como forma de realidad, lo que Zubiri denominó “suidad”.

Por tanto, desde el cuerpo y mediante los estudios científicos y filosóficos cabe descubrir en el organismo humano, en la animalidad humana, dimensiones que la trascienden sin abandonarla: El hombre como agente natural (dimensión psicofisiológica), como actor de su vida (dimensión histórica) y como autor de su vida (dimensión personal). En esta línea, pensadores de nuestra época, como Laín Entralgo y Apel, han puesto de manifiesto que la intimidad nos hace pensar en lo más serio del ser humano. Hablar y vivir “en serio” es vivir desde lo más íntimo; algunos de ellos, José Ortega y Gasset y Antonio Machado, incluso nos advierten que la seriedad de las cosas se siente y presiente, e impone silencio; “si se quiere, de verdad, hacer algo en serio, lo primero que hay que hacer es callarse”, porque el ámbito de lo serio en la vida humana se encuentra en la intimidad a través del ensimismamiento y hablar en serio es dialogar desde la intimidad.
Jesús Conill
(Universidad de Valencia)