Guillermo Rovirosa y Marcelino Olaechea

José Andrés Gallego, historiador del CSIC

La simpatía del arzobispo de Valencia por Guillermo Rovirosa y su obra se ha mantenido como algo sabido en la historia oral de la HOAC. A la hora de documentarlo y concretarlo, es más difícil, primero y principal porque don Marcelino era hombre muy prudente y amigo de que su mano izquierda no se enterase de lo que hacía la derecha. Y, en consecuencia -segunda dificultad-, cuidó muy mucho de que no quedase en su archivo ningún papel que fuera comprometedor para nadie. Fue a Valencia desde Pamplona y, antes de salir de esta diócesis, su secretario y él revisaron uno por uno todos los papeles, y cuantos el obispo decidió fueron acumulados en el patio de Palacio (el Episcopal) y quemados. Y cuentan que don Marcelino no se fue de allí hasta que terminaron de arder.

Hay, sin embargo, algún indicio suficiente de que la simpatía era clara. El más antiguo es una carta de una aristócrata madrileña donde contrapone la obra social del obispo de Madrid-Alcalá, Eijo Garay, a la de Olaechea, en términos de reconvención para este. Es una sola frase en que critica su afición a la HOAC en contraposición con las inclinaciones del obispo de Madrid, a quien le habían convencido de que era más prudente -en el mejor sentido de este término- crear las que empezaban a ser Hermandades del Trabajo.

Que era sabida la inclinación del arzobispo de Valencia por la HOAC quedó claro cuando el ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín, a cargo de quien corría a cargo entonces la censura estatal, decidió someter el periódico ¡Tú! Precisamente a eso, a censura. El ministro, bien avenido con todos los obispos y sobre todo con los que tenían más peso, consideró que tenía que explicar lo que iba a hacer a tres de ellos: el primado Pla y Deniel como cabeza de la Acción Católica Española, Zacarías Vizcarra como obispo de la propia ACE, y don Marcelino Olaechea sin razón alguna; cosa que hace pensar que, simplemente, sabía de su querencia por la HOAC y su valía. El mismo -el ministro- intentaba ser buen católico, claro es que tal como entendía la fe cristiana. Lo intentaba hasta el punto de que los falangistas socarrones decían que el suyo era no el Ministerio, sino el Monasterio de Educación Nacional.

El tercer hecho -más que indicio- es el más importante. Olaechea no sólo quiso que, en la diócesis de Valencia, se extendiera la HOAC, sino que para eso creó el ISO (Instituto Social Obrero), sobre el que Josep Martí ha escrito un libro espléndido que publicó la Universidad Católica de Valencia. Aún corrían los años cuarenta, y el Instituto se planteó con un doble propósito, en la mente del arzobispo: sería -y fue de hecho- un centro de formación religiosa y profana para cuantos trabajadores valencianos quisieran aprender, y esa fue, de hecho, su principal virtualidad. Llegó a ser una institución capital en la vida cultural valenciana. El arzobispo pretendía, además, que los responsables de la formación de la HOAC en la diócesis tuvieran ahí un venero de militantes. Llegaron a pedir al histórico de la HOAC que fue Ramón Quintanilla que se incorporase al Instituto como alumno y, como no respondía, le insistieron dejándole entender que no tendría problemas económicos. Pero Ramón no fue. Es posible que eso tuviese relación con la razón fundamental -parece- por la que esa segunda finalidad del ISO no fue todo lo eficaz que quería Olaechea: puso al frente de ella a un sacerdote que, simple y llanamente, no se fiaba de la ortodoxia de Rovirosa. Leía con lupa el Boletín de la HOAC y no debía gustarle el todo expeditivo con que Rovirosa explicaba las consecuencias prácticas de la justicia distributiva.

A Rovirosa acabaron por cesarlo, primero como encargado del Boletín, luego como miembro de la Comisión Nacional de la HOAC. (Lo cesaron tácitamente, por la vía de mantenerlo alejado de ella, sin papeles por medio.) Rovirosa, como se sabe, sufrió seguidamente un accidente que lo dejó cojo y rehízo como pudo su vida poniendo por escrito sus ideas en unos Cuadernos que él mismo imprimía a ciclostil y enviaba a sus suscriptores, que eran unas cuantas docenas de amigos. Les explicaba el precio que pedía por ello sin ningún circunloquio: era la forma de que lo leyeran o lo dejaran y, además, así le ayudaban a sobrevivir, aunque fuera muy pobremente. Pues bien, en las dos relaciones de suscriptores que llegó a publicar, aparece el secretario de don Marcelino en calidad de tal, y uno, que conoció personalmente al secretario y, ante todo, la estela que dejó, no tiene duda alguna de que era la manera prudente en que don Marcelino -y el secretario mismo- expresaba su apoyo a Rovirosa. El secretario era un cura de la Montaña de Navarra, Cornelio Urtasun, que fundó un instituto secular que tuvo mucha vida y dejó buen recuerdo en Roma, donde vivió como fundador después de que muriese don Marcelino.