¿Nuevos métodos de evangelización en la Iglesia?

(Ernesto Juliá Díaz) Desde hace bastantes años, se está hablando en la Iglesia de la necesidad de una “nueva evangelización”. ¿Qué pueden significar esas dos palabras, cuando desde el comienzo de la vida de la Iglesia, todos los cristianos están empeñados en todas las partes del mundo en la tarea maravillosa de “evangelizar”, de dar a conocer la realidad de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, que se encarnó en María Virgen, vivió 33 años en Judea y Galilea, cruzando en no pocas ocasiones, Samaría; murió crucificado, Resucitó y Ascendió al Cielo?

Cuatro años después de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, de Pablo VI (8.12.1975), Juan Pablo II acuño la fórmula “nueva evangelización”, en Polonia, el año 1979, en el santuario de la Santa Cruz, de Mogilia, en las celebraciones del milenario de la evangelización de aquellas tierras. Dijo textualmente: “Donde surge la cruz, se ve la señal de que ha llegado la Buena Noticia de la salvación del hombre mediante el amor (...) Se ha dado comienzo a toda una nueva evangelización, como si se tratara de un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo”.

He subrayado las últimas palabras para señalar que con la “nueva evangelización”, los cristianos estamos llamados a transmitir la Fe en la misma Persona, Cristo; la Esperanza en el mismo Mensaje, de Cristo; la Caridad del mismo Corazón de Cristo, que transmitieron los Apóstoles, y que la Iglesia, por mandato de Cristo, ha ido esclareciendo, reafirmando a los largo de los veinte siglos que llevamos en esta tarea. O sea, enseñar el Credo -el de los Apóstoles y el de Nicea-, y animar a todos los bautizados para que los aprendan de memoria.

En otro momento, Juan Pablo II, hablando de nuevo sobre esta evangelización, dijo que tenía que ser: “Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”. (Celam, 9.3.1983). No en su contenido.

Desde entonces, casi podemos decir que no se ha dejado de hablar de “nueva evangelización”; se han propuesto y ensayado todo tipo de reuniones, de gestos, de actos, y a todos los niveles, y por casi todos los cauces: redes sociales, videos, reuniones de equipo, peregrinaciones, etc., etc., sin dejar conferencias, libros, folletos, encuentro ecuménicos, etc., para hacer eficaz la “nueva evangelización”.

Y mientras tanto, la pérdida de la fe sigue creciendo en Europa y América –objetivos fundamentales de la “nueva evangelización”-; las vocaciones sacerdotales siguen decreciendo, las familias continúan deshaciéndose, la plaga de los abortos y de la eutanasia -“el aborto de los ancianos”-, sigue adelante en este mundo occidental. El “contenido” de la evangelización se ha diluido. Es necesario volver, y con ardor, al Credo, a los Sacramentos, a los Mandamientos, y a anunciar la Vida Eterna.

A veces pienso que si san Pedro, Santiago, san Pablo, san Juan y todos los demás apóstoles y discípulos de la primera hora hubieran hecho las reuniones, estudios, análisis, etc., etc., que hemos hecho -y seguimos haciendo- para evangelizar, apenas hubieran salido de las murallas de la ciudad vieja de Jerusalén.

“Nueva evangelización”. La Iglesia está en “nueva evangelización” desde los comienzos de su historia, y lo seguirá estando hasta el fin de los tiempos, porque seguiremos bautizando a los niños, evangelizándolos en la Fe, y animándoles para que ellos sigan evangelizando a sus hijos.

Ante esta tarea en la que participamos todos los creyentes, todos los cristianos, nos podemos preguntar: ¿Qué hemos de evangelizar? ¿ Cómo hemos de evangelizar?.

Muchas veces se nos recuerda, y lo ha hecho también el Papa Francisco, las palabras de Pablo VI, "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio" (Discurso al Consejo de los laicos, 2-X-1974).

Los primeros cristianos anunciaron a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y Resucitado. Y anunciaron la vida eterna: Cielo, Purgatorio, Infierno. Y la anunciaron a judíos, y a gentiles, a cualquiera que les oyera. Y les decían: que debían pedir perdón de sus pecados, y les ayudaron a darse cuenta que los tenían -y muchos-, y les animaron a abandonar a sus ídolos y a sus dioses familiares, y acoger en su corazón al único Dios Verdadero, Jesucristo. Y hablaron de los Sacramentos, de los Mandamientos.

Se adelantaron veinte siglos a las palabras de Pablo VI. Ellos transmitieron su Fe, hablando y dando testimonio de que la Fe en Jesucristo y en sus enseñanzas, les había convertido, les había cambiado la vida, y estaban dispuestos a morir para dar testimonio de Jesucristo.

Volvamos con sencillez y humildad, a lo que estos hombres nos enseñaron. ¿Cómo? Conozcamos la vida de Cristo. ¿Cuántos bautizados leen con frecuencia el Nuevo Testamento, y tratan personalmente a Jesús, viviendo con Él, esas escenas tan normales y sencillas que nos narran los cuatro evangelios? ¿Quién se acuerda de que Cristo empezó su vida pública invitando a sus oyentes a “convertirse”, a arrepentirse, a pedir perdón por sus pecados, porque el Reino de los Cielos estaba cercano? ¿Cuántos cristianos viven hoy el Sacramento de la Reconciliación, de la Penitencia?

Creyendo que Cristo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y que está “real y sacramentalmente presente en la Eucaristía”, ¿damos testimonio de nuestra Fe, arrodillándonos con devoción ante el Sagrario?

Palabra y Testimonio. Y piedad popular Las nuevas tecnologías son muy útiles para enviar información, no siempre real y verdadera, es cierto; sirven para comunicar próximas reuniones, acontecimientos, etc., permiten relacionarse con personas en cualquier lugar del mundo, Es cierto. No son, sin embargo, “testimonio personal de nada”. Hemos de evangelizar con el amor y la amistad. Cara a cara. Un testimonio de que lo que se anuncia se ha encarnado en la vida de quien lo anuncia. Como lo vivió el buen samaritano con el hombre asaltado por ladrones; como los esposos fieles que sacan adelante a sus hijos con sonrisas y sacrificios. Y de nada sirve hablar de la castidad -que muy poco se habla- ni de la pureza, si nos acostumbramos a las “relaciones prematrimoniales”. ¿Quién se acuerda de que también existe el sexto mandamiento?

“Mirad como se aman”, decían los gentiles de la actuación de los primeros cristianos, según el testimonio de Tertuliano. Trataban de amarse entre ellos como el mismo Cristo les amó, y les ama. Daban testimonio sufriendo persecución y malos tratos por afirmar el nombre de Jesús. Y daban su vida en testimonio de su Fe si acaso llegaba el momento del martirio.

Y piedad popular. El reverdecer del “camino de Santiago”, entre otros, es un ejemplo patente de la necesidad de la piedad popular. “En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo”(Francisco, Evangelii gaudium, n. 123).

La Iglesia está a punto de concluir el año del centenario de la presencia de la Virgen María en Fátima. María, como su Hijo, nos invitó a todos a “convertirnos”; a dejar el pecado y a rezar por todos los pecadores. Sin el anuncio a los creyentes, a los que han abandonado la Fe, a quienes no conocen a Cristo, de la realidad del pecado, y de la necesidad de, arrepentidos, pedir perdón, la evangelización no echará raíces. Y la misericordia de Dios no será acogida en el corazón del hombre que piensa que no tiene nada de que pedir perdón, nada de que arrepentirse; y hace esfuerzos inauditos para arrancar de su alma cualquier luz sobra la Vida Eterna.

ernesto.julia@gmail.com