LOS MAYORES UN RETO PASTORAL

(Javier Claumaxirant) A poco que observemos las celebraciones litúrgicas y las actividades que organizamos en la Iglesia, salvo excepciones, nos daremos cuenta de que predomina la gente mayor. Los jóvenes y niños que tenemos en las parroquias son una minoría, participan durante el curso en las actividades pastorales de catequesis y de infancia-juventud, allí donde es posible, pero cuando termina el curso suelen desaparecer de la vida parroquia. Y participan gracias al esfuerzo en muchas ocasiones de los abuelos que se hacen responsables de acompañarlos y recogerlos debido a las ocupaciones de los padres. Por norma es la gente mayor la que está llenando nuestros templos, además con la sensación que todos experimentamos de que cada persona mayor que enferma o fallece suele ser un hueco más en nuestras parroquias.

Por este motivo la atención pastoral a los mayores debiera ser un reto en nuestras parroquias. Hombres y mujeres que, a pesar de las dificultades y contrariedades de la vida, viven su fe, entregan su vida, participan en la vida de la comunidad y han perseverado permaneciendo fieles con el paso de los años. A estas personas, a quienes debemos agradecer muchas cosas y de las cuales siempre podemos aprender, merecen nuestro cuidado y atención especialmente en los últimos años de su vida, cuidando no solo de su salud física, sino de forma especial de la espiritual. Todos conocemos las dificultades que a veces se presentan para acompañar a las personas mayores enfermas debido a la indiferencia o increencia de sus familias; cuidan de ellos y se preocupan de avisar al médico las veces que haga falta, pero olvidan lo importante que es para ellos la vida de fe y la cercanía del sacerdote o de la comunidad cristiana en esos momentos. Si a esto le añadimos el traslado de domicilio, bien sea a la casa de los hijos, bien a una residencia donde se les pueda atender mejor por el ritmo de vida en los hogares de hoy, hemos de reconocer que en muchas ocasiones también los perdemos, no pudiendo atenderles y acompañarles en los últimos momentos de su vida. Puesto que la mayoría de residencias no tienen carácter religioso y que en las religiosas hay una carencia de vocaciones, la consecuencia es que nuestros mayores reciben todas las atenciones que necesitan en lo físico, afortunadamente, pero muchos de ellos terminan sus vidas alejados de la práctica religiosa y de la comunidad de fe de referencia que en otro momento formó parte en su vida.

En mi anterior destino, la parroquia del Espíritu Santo de Valencia, tuve que dirigir y gestionar una pequeña residencia, la residencia «L’Acollida». Fueron años de intenso trabajo para poder sacarla adelante: hubo que reformarla y dotarla de personal cualificado para cumplir la normativa vigente. Pero sobre todo tuve la gran experiencia de vivir la fe en una realidad concreta y de poder acompañarlos en una etapa de su vida que les era difícil de aceptar y asumir. Algunos no tenían más remedio —por sus circunstancias estaban solos y necesitaban de la residencia—, otros entendían que sus hijos no podían hacerse cargo, otros se sentían como abandonados… Desde el primer momento el equipo de profesionales se ponía en marcha: la primera acogida, atención médica, psicológica, actividades de animación, el acompañamiento personal… Poco a poco el nuevo residente iba superando aquellos primeros momentos, superando temores. También se les ofrecía una atención y acompañamiento religioso. Un grupo de la parroquia acudía periódicamente, les escuchaba, rezaba con ellos; también realizaban actividades de voluntariado haciéndose cargo en las salidas, incluso acompañando a aquellos que podían salir de la residencia a pasear, o a sentarse con ellos en la terraza del bar. También es importante la presencia del sacerdote. Algunos, en un primer momento, manifestaban un cierto recelo, pues habían abandonado la vida de fe, pero poco a poco iban acostumbrándose y lo aceptaban como parte de la vida en la residencia. Este contacto posibilitó que algunos pudieran volver a encontrarse con Dios y con la Iglesia, alegrando y confortando a los residentes que en otros momentos vivieron la fe de forma activa en sus parroquias. También era una oportunidad para dar a conocer un testimonio de fe a las familias y al personal que trabajaba en el centro, muchos de ellos también alejados.

Suena a tópico, pero he de reconocer que he recibido con creces mucho más de lo que di: los momentos vividos y compartidos, la sabiduría y experiencias acumuladas por el paso de los años, son enriquecedoras; una suerte poder escucharles, acogerles, acompañarles; y un privilegio poder poner a muchos en las manos del Padre.