Para superar las independencias y las soberanías

(Javier Elzo) Con la que está cayendo (el conflicto con Catalunya) mi reflexión, meramente sociológica, se centrará en la posible modificación de la Constitución española que ayude a solventar la cuestión. Obviamente toda mi reflexión es absolutamente subjetiva.

Salvo error por mi parte, hasta la tarde-noche del martes 10 de octubre, tras la Declaración de Puigdemont, Rajoy no aceptó, a instancia de Pedro Sánchez, que habría que crear una Comisión que propusiera una reforma de la Constitución que debía pasar, obviamente, por el Parlamento Español. Pero, ¿desde hace cuántos años, cuanta gente no estaba hablando de un acomodo, lectura, reforma etc., de la Constitución, entre otras cosas para desatascar la cuestión territorial, a todas luces uno de los principales problemas, con el paro, en España? Habrá hecho falta llegar al abismo para crear esa bendita Comisión que, me temo llegue demasiado tarde. Si se hubiera realizado hace años, después del desastroso pronunciamiento del Tribunal Constitucional de 2010, no estaríamos donde estamos ahora.

Pero quizá ni sea necesaria la modificación de la Constitución para solventar la cuestión territorial en España. Dos figuras, nada sospechosas de ser independentistas, hace casi 20 años, ya formularon “otra” lectura posible de la Constitución. Me refiero a Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Ernest Lluch con su tesis sobre “Derechos históricos y constitucionalismo útil”. No les hicieron caso.

Poniendo las luces largas, no veo otro horizonte que Europa. Otra Europa mas allá de la Europa de los actuales estados. Tampoco defiendo la Europa de los pueblos. Es demasiado complejo. Creo, como he escrito muchas veces, en una Europa fuerte, una Europa donde el Parlamento Europeo tenga más capacidad de decidir que en la actualidad, y en el que se aplique el sabio principio de la subsidiariedad. Habrá siempre, siempre, tiras y aflojas, con constantes disputas sobre la atribución de competencias (a las ciudades, a las autonomías, a los pueblos, a los estados) y todo ello en el marco de un mundo cada vez más planetario cuyo centro de gravedad ya ha transitado del Atlántico al Pacífico. Una Europa y, en ella, una España, Catalunya, Euskadi, Comunidad Valenciana, etc., etc., envejecida sin remedio a lo que parece, con riesgo de convertirse, a breve plazo, en el museo y el geriátrico del mundo. Y, al otro lado de nuestro Rio Grande, el mar Mediterráneo, la población más joven y más pobre del planeta.

Todo esto exige superar, tanto las demandas de independencia como de soberanía. Ya no son aplicables, no solamente a Euskadi, por mentar donde yo resido, sino tampoco a España, a Francia, Alemania, etc. Vivimos ya en un mundo interdependiente en el que la soberanía absoluta ya no existe. Afortunadamente. Más aún, a poco que se piense, todas las identidades son múltiples, aunque demasiado frecuentemente, demasiada gente no lo quiera reconocer. Así surgen y se alimentan los ¡American first!, ¡D´abord la France!, ¡Deutschlan uber alles!, ¡Euskadi ala hill! (Euskadi o muerte), ponga el lector el correspondiente en castellano.

Concluyo con una idea fuerza para mi desde hace años: la soberanía, como la independencia absolutas, en la práctica, amén de falsas, son polemógenas. Debemos superarlas en pro de un planeta más solidario en el respeto a las diferencias. Y solventar los inevitables conflictos mediante la deliberación continuada. Lo que exigirá cesiones. Nadie está en posesión de la verdad absoluta. ¡Ay la verdad! Mi profesor en Lovaina, Paul M. G. Levy, nos decía que, en una situación socio-política en grave conflicto, la pretensión de poseer la verdad era, también, polemógena. Sigo pensando lo mismo, casi 50 años después.