ESPIRITUALIDAD EUCARÍSTICA Y VIDA

Darío Mollá Llácer sj
“Los fieles cristianos necesitan una comprensión más profunda de las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera”

“… la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida según el Espíritu”

Estas dos citas están tomadas del nº 77 de la Exhortación apostólica postsinodal de Benedicto XVI “Sacramentum caritatis” sobre la Eucaristía, de 22 de febrero de 2007. Este es un número dedicado por completo a la relación entre Eucaristía y vida cotidiana, en el que el Papa Benedicto denuncia también los perniciosos efectos de la separación entre fe y vida.

De las múltiples reflexiones que posibilita este número de la Exhortación “Sacramentum caritatis” yo voy a centrarme sólo en una de ellas: ¿cómo afecta la vivencia plena de la Eucaristía a nuestra espiritualidad cotidiana? ¿qué llamadas e incluso qué exigencias plantea? Si la Eucaristía es “fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia” ¿qué acentos ineludibles plantea la Eucaristía a la espiritualidad cristiana en la vida cotidiana?

Señalaré tres que me parecen fundamentales: el agradecimiento, el sentido de comunión y la entrega.

Eucaristía es acción de gracias. Y esa actitud de acción de gracias debe impregnar toda espiritualidad cristiana, consciente del Don que es nuestra vida entera. Un agradecimiento “justo y necesario”, “deber y salvación”, que refiere toda nuestra vida a Dios y nos descentra de nosotros mismos. Actitud de agradecimiento que posibilita una vida hecha servicio generoso y gratuito. La eucaristía cotidiana alimenta el agradecimiento como actitud fundante y fundamental de la experiencia espiritual cristiana.

Eucaristía es comunión de los distintos y diversos convocados por el Señor a un banquete para todos los pueblos: “Entonces, si el pan es uno solo, también nosotros, aún siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan” (1ª Cor 10,17). Diariamente sentimos las tensiones que genera la diversidad en la Iglesia: diversidad de sensibilidades, de carismas, de culturas, de compromisos vitales y evangélicos...: por eso, también diariamente necesitamos alimentar nuestro sentido de comunión y hacer de la Eucaristía celebración del encuentro de los hermanos en la comunión con el único Señor.

Eucaristía es memorial de la entrega de Jesús: “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío” (Lucas 22, 19). Entregando su vida y su persona Jesús nos dio la vida. Y nos marcó un camino a todos los que le seguimos: el camino de la entrega que nos dará la vida y que nos permitirá dar vida a otros. Esa voluntad de entrega, y la fortaleza necesaria para entregarse, se alimentan de eucaristía. Hacer memoria de “esto” es, sobre todo, entregarse; sin esa entrega de la persona el gesto eucarístico corre el peligro de ser un gesto vacío. Es en esa entrega cuando la caridad se hace verdaderamente “cristiana”: “… para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona” (Benedicto XVI, Encíclica “Dios es Amor”, nº 34).