UN MISAL PARA EL PUEBLO DE DIOS

La constitución «Sacrosanctum Concilium» del Concilio Vaticano II, pensada y aprobada para “procurar la reforma y el fomento de la liturgia” , ofrece una renovada visión teológica de la celebración litúrgica y propone un programa de reformas que la nueva comprensión hacía necesarias:
• La liturgia se sitúa en el contexto de la historia de la salvación, de la que es re-presentación sacramental: Cada celebración es un acontecimiento de salvación .
• La celebración litúrgica es acción de Cristo sacerdote, cabeza de la Iglesia, y es acción de su cuerpo, que es la Iglesia: En la celebración litúrgica, “Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno” .
• Precisamente porque la celebración litúrgica es re-presentación sacramental de acontecimientos de salvación, en ella se habrá de proclamar siempre la palabra divina que los evoca. En la liturgia, la palabra inspirada de las Sagradas Escrituras se hace palabra profética que anuncia al pueblo de Dios los misterios que se dispone a recordar –a revivir-, misterios que anticipan en la verdad del sacramento la plenitud de la salvación que un día se nos ha de manifestar: La palabra de Dios anuncia lo que el sacramento realiza, y nombra lo que nos hace esperar.
• Por otra parte, la constitución insiste en que se ha de trabajar para llevar a los fieles a una participación plena, consciente y activa en la celebración . Que es como recordar que la celebración litúrgica es de los fieles y es para ellos. Por si no lo hubiésemos entendido, la Misa no es para latinistas sino para pobres.
• De ahí que, “en su estructura y elementos, en su lenguaje, vocabulario y contenidos, la liturgia debe poder adaptarse al hombre concreto en la variedad de situaciones en que se encuentra, incluida la diversidad de mentalidades, culturas y tradiciones de los distintos pueblos” . Y es precisamente a ese poder de adaptación a lo que nos referimos cuando reclamamos un Misal para el pueblo de Dios. Esta visión teológica y el correlativo programa de reformas representaban un legado hermoso, “un gran regalo de Dios a la Iglesia” .
Son muchos, sin embargo, los indicios, por no decir que son demasiadas las evidencias, de que los objetivos propuestos en la Sacrosanctum Concilium no se han alcanzado: • La historia de la salvación, que es la historia del pueblo de Dios –la historia de Dios con su pueblo-, no ha llegado a formar parte del acervo espiritual de los fieles. No se nos ha ayudado a sentimos parte de esa historia, que es de amor y de gracia, y de la que Cristo es el centro. Es como si no tuviésemos historia, es como si Dios no la hubiese hecho con el hombre y no la estuviese escribiendo ahora mientras hace camino con su pueblo.
• Consecuencia lógica de esa ausencia de una historia de salvación, es que en los fieles falte también la conciencia de pertenecer a una comunidad que Dios ha congregado de entre todas las naciones de la tierra, la conciencia de constituir el pueblo de Dios, la conciencia de ser Iglesia.
• Por otra parte, la palabra de Dios que se proclama en la liturgia no parece que aporte nada significativo ni a la celebración ni a la vida de los fieles. Quien lea me perdonará si ve equivocado o exagerado lo que digo, pero a mi entender: Se ignora por qué y para qué se proclama en la liturgia la palabra de la Sagrada Escritura, y la olvidamos apenas ha sido proclamada; la predicación, por su parte, tiene la mala costumbre de desvirtuarla, privándola de su dimensión profética, de su carácter sacramental, de su eficacia salvadora, y reduciéndola a recurso moralizador, cuando no a instrumento de dominio clerical sobre las conciencias. Nadie –creo yo- diría que somos el pueblo de la palabra de Dios. Somos apenas el pueblo que, con paciencia y sin entenderla, soporta la lectura y la explicación que en la liturgia se hace de la palabra de Dios.
• Así las cosas, pocos serán los fieles que vivan la celebración eucarística como encuentro de la comunidad creyente con Cristo resucitado. Lo normal será reducir la vida cristiana a ejercicio de la virtud de la religión, transformar las celebraciones de la fe en ritos que se han de cumplir, y sustituir la experiencia mística por fórmulas dogmáticas y morales a las que los fieles han de dar un asentimiento intelectual. Una mirada atenta a las celebraciones litúrgicas de las comunidades eclesiales muestra que es muy largo el camino de renovación que queda por recorrer. Y la Sacrosanctum Concilium nos recuerda que, si ese camino no lo recorren en primer lugar los pastores, no podrán hacerlo los fieles que el Señor ha puesto bajo su cuidado .
Para unos y otros, el impulso habrá de venir de una indispensable formación bíblica y teológica, soporte necesario para una adecuada formación litúrgica. Pero a nadie se le oculta que una función pedagógica insustituible la han de desempeñar los libros litúrgicos, y de modo muy particular el Misal . Del Misal que tenemos se podría decir que no desempeña esa función, y que representa un obstáculo más que una ayuda para el crecimiento espiritual de la comunidad creyente. Se podría decirlo, pero prefiero preguntarlo. Es hora de que nos hagamos preguntas sobre el lenguaje, el vocabulario y los contenidos de este libro necesario para la comunidad que celebra la Eucaristía: ¿Es un Misal fuera del tiempo?, ¿es un Misal al margen de la vida de la comunidad?, ¿es un repertorio de oraciones-enigma para el pueblo de Dios? Si hablamos de la edición típica latina del Misal Romano, la respuesta tendría que ser afirmativa, aunque sólo fuese porque se trata de una lengua que los fieles no pueden entender. Pero a la vista está que tampoco resultan más de nuestro tiempo, más de nuestra vida, más comprensibles las traducciones, lejanía que será tanto más inevitable y evidente cuanto más los traductores hayan pretendido mantenerse fieles a la letra del original latino.
Por ser de otro tiempo, los formularios del Misal resultan de difícil, por no decir imposible comprensión. Y el pueblo de Dios no se reúne para resolver enigmas, sino para celebrar misterios, revivir acontecimientos de salvación, recordar excesos de amor del Dios que nos salva. El Misal recién estrenado se presenta con credenciales de fidelidad a “la tradición continua y homogénea de la Iglesia”, demostración “de su fe y de su amor inalterable al sublime misterio eucarístico” , “testimonio de fe inalterada” , evidencia de “una tradición ininterrumpida” . Incluso parece abrir puertas a una necesaria “acomodación a una situación nueva” . Pero es sólo un espejismo. El Misal olvida de hecho la fidelidad a la comunidad celebrante: comunidad pobre, comunidad agraciada, comunidad agradecida, comunidad en comunión, comunidad reconciliada, comunidad rejuvenecida, ¡comunidad-humanidad nueva! De ahí que hablemos de la necesidad y urgencia de un Misal “del pueblo de Dios”. Si quiere sobrevivir, el Rito Romano habrá de aceptar el reto de hacerse ‘consanguíneo’ del pueblo de Dios. Por las páginas del Misal habrán de circular las alegrías y las tristezas, las esperanzas y los temores de la comunidad creyente.
Sin que pierda nada de lo que es propio de un libro litúrgico, por el Misal habrá de correr la vida “del pueblo de Dios”. Eso implica que se habrá de renunciar en gran medida el “centralismo de la Curia romana” en materia litúrgica , centralismo que se pretende justificado porque “el Misal no se fabrica, se recibe” , y por “los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y la autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas” . La denuncia de esos “abusos” hubiera resultado creíble para enmendarlos, si la hubiese acompañado el “yo confieso” de quienes han dejado durante siglos al pueblo de Dios en situación de espectador ignaro de ritos incomprensibles y en el papel de oyente sufrido de palabras que no podía ni puede entender. Por otra parte, a propósito del axioma sobre el libro que “se recibe y no se fabrica”, habrá que subrayar que es de valor relativo y circunstancial. Las Iglesias vivieron mucho tiempo sin un Misal común, y si, en su momento, las circunstancias lo hicieron primero aconsejable y luego necesario para suplir fragilidades y evitar peligros, eso no se ha de entender como una renuncia de las comunidades eclesiales a la propia responsabilidad en la oración común, y tampoco como una concesión de derechos inalienables sobre la oración de la Iglesia a quienes simplemente han de prestarle el servicio de hacerla digna. Cuando empecé a escribir esta reflexión, intuía la necesidad de hacer recaer sobre las Conferencias Episcopales la potestad y la responsabilidad de preparar libros litúrgicos por los que circulara la vida de las Iglesias locales. Ahora, con la Carta apostólica Magnum Principium, el Papa Francisco ha dado un paso, que puede parecer insignificante, pero que va en esa dirección. “El hombre no está en este mundo para escribir al dictado” . Privar de capacidad creativa al pueblo de Dios es negarle el ejercicio de un derecho fundamental, es desconfiar del Espíritu de Dios que lo anima y lo guía, y es empobrecer sin remedio la vida de los fieles.
En la recién estrenada edición típica del Misal Romano en lengua castellana, la distancia entre la oración litúrgica y la vida del pueblo de Dios resulta evidente e inquietante.
1.- Para una celebración viva de la fe El tiempo no hace más que acentuar la situación de malestar que se padece en las celebraciones litúrgicas de la comunidad cristiana, y se intuye que esa desazón está relacionada en gran medida con el “lenguaje” de la liturgia . La celebración litúrgica es toda ella palabra que da testimonio de una fe. En la Liturgia:
• Son palabra-testimonio de fe los relatos de las obras de Dios –de sus maravillas-: Se trata de una palabra esencial a la celebración, pues el relato de lo que Dios ha hecho en la historia de la salvación, revela lo que acontece en la acción litúrgica de la comunidad eclesial. La comunidad está llamada a vivir lo que anuncia la palabra del relato, a acoger por la fe la salvación revelada en los acontecimientos de los que se hace memoria ritual. Lo cual hace que sean palabra-testimonio de fe todos los sacramentos que celebramos, pues son cumplimiento de la palabra que se proclama.
• Son palabra-testimonio de fe los gestos del creyente: descubrirse al entrar en la Iglesia –bueno, en algunos sitios se invita cortésmente a cubrirse, aunque no la cabeza-, santiguarse, hacer genuflexión, arrodillarse, inclinarse.
• Son palabra-testimonio de fe las oraciones con las que expresamos la alabanza personal y de la comunidad al Dios de la salvación .
• Y se supone que también habrán de ser palabra-testimonio de fe las que se pronuncian en el servicio litúrgico de la predicación. Se pudiera pensar que relatos, gestos y oraciones han perdido capacidad de hablar, que se han vuelto ruido, que se han hecho opacos a la luz de la revelación que en ellos debiera transparentarse. Aunque también es posible que relatos, gestos y oraciones dejen pasar la luz, y que sean los ojos de nuestra fe los que han perdido capacidad de percibir los misterios: la presencia salvadora de Cristo en medio de la comunidad; la memoria viva, real, objetiva, de los acontecimientos de salvación, la gloria del Resucitado y las heridas de su pasión. La predicación, por su parte, se ha deslizado desde hace siglos hacia el terreno del adoctrinamiento y del moralismo, un “desierto inmenso y terrible, un sequedal sin una gota de agua” , en el que el pueblo de Dios es afligido y no confortado, aburrido y no alimentado. Temo, sin embargo, que las deficiencias en el ámbito ritual, sean sólo una consecuencia lógica, puede que necesaria, de carencias más hondas en otros ámbitos de la experiencia cristiana, carencias más difíciles de identificar y, por eso mismo, más difíciles de subsanar. Intuyo que el malestar en las celebraciones tiene que ver con una teología reducida a doctrina, a pensamiento intelectual, a ideología religiosa, una teología esclava de los deseos y los principios de la racionalidad, una teología que ha dejado de ser realidad viva, revelada en una persona viva, en la persona de Jesucristo . Esa teología, que podemos adquirir sin perdernos, que se puede aprender sin morir, que podemos aceptar sin comulgar, es la que permite separar de la vida los sacramentos, permite aguar o avinagrar el buen vino de la celebración, permite que los fieles comulguen sin recibir, mueran sin aprender, y se pierdan sin ganar . Intuyo que el malestar en las celebraciones tiene que ver también con el marco conceptual o paradigma cultural que usamos para transmitir el evangelio. Se ha hecho necesario un tránsito liberador desde el paradigma greco-romano al paradigma de la modernidad, un cambio que demanda la novedad de los tiempos, y que la Iglesia no ha emprendido todavía . Y algo me dice que el malestar en las celebraciones tiene que ver sobre todo con carencias que podríamos llamar místicas, porque afectan a la dimensión de misterio que es propia de la comunidad creyente y de los ritos que celebra. Lo cual significaría que la deseada actualización se ha de hacer, antes que en simbología y lenguaje, en el corazón de los fieles. Tendremos que ir hacia una verdadera comunidad celebrante: una comunidad de fe, una comunidad de la palabra de Dios, una comunidad que recuerde, represente y reviva su historia de salvación.
1.1.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad de fe Cada domingo, en nuestras iglesias, se reúne para la celebración de la misa un grupo más o menos numeroso de personas. A cada uno de esos grupos lo podríamos llamar “comunidad eclesial” o “comunidad celebrante”. Podríamos llamarlos así, pero enseguida nos damos cuenta de que probablemente esos grupos no han llegado a ser lo que significan los nombres que les estamos dando. Una Iglesia, una comunidad eclesial, no se forma en torno a una ideología compartida, a un proyecto común, a unos intereses de parte; “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” .
Una Iglesia, ¡nace!: Así se describe el nacimiento de la sinagoga del Señor: “Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo” . Y así nació la comunidad de Cristo: “A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios” . Si hablamos de Iglesia, hablamos de una comunidad de hijos de Dios, de una comunidad que es el símbolo primordial de la presencia de Dios en medio de los salvados. En efecto: Dios se les ha revelado a través de acontecimientos y avatares de la historia de la comunidad . Dios se les ha revelado purificando, iluminando, capacitando, liberando, perdonando, resucitando, arrebatando con la fuerza del Espíritu a los miembros de la comunidad. Dios los ha congregado salvándolos. Y la comunidad se reúne para recordar y agradecer, para representar y alabar, para confesar y anunciar las obras de Dios. La comunidad se reúne para celebrar lo que ha experimentado de Dios.
Ésa es la comunidad que debiéramos ser, ¡pero no la que somos!: Si es un cristiano laico quien habla hoy de “la Iglesia”, lo hace, normalmente por no decir siempre, como si hablase de otros, como si tratase de algo que no le concierne, de algo que él no es. Si se dice Iglesia, se entiende normalmente la “jerarquía eclesiástica” o el “edificio” al que van quienes frecuentan los sacramentos. Incluso aquellos que pudieran ser considerados como practicantes y que, preguntados, se identificarían como creyentes, difícilmente se verían a sí mismos como miembros de una comunidad de fe a la que se pertenece, como miembros de un cuerpo vivo del que se es parte, como miembros de un pueblo que Dios ha congregado para que fuese su pueblo, porque deseaba, pedía, quería ser su Dios. Creo que se podría decir así: hoy son muchos los cristianos que no se sienten Iglesia. Y añadiría por mi parte: los que todavía se consideran Iglesia, parecen hacerlo por nacionalismo eclesial, por ideología religiosa, más que por experiencia de fe.
¿Cómo hemos llegado a esa situación? Sospecho que tiene que ver con la experiencia de Iglesia que los fieles han hecho durante siglos en la eucaristía dominical . Hace mucho tiempo que la comunidad cristiana dejó de tener «su casa» para tener «un templo», olvidó «su mesa» para levantar «un altar», y relegó a un segundo plano «su eucaristía» para ofrecer «un sacrificio» ; y no hay templo, con altar y sacrificio, que no establezca diferencia y distancia entre lo sagrado y lo profano, ya se trate de cosas, ya se trate de personas. Esa diferencia y distancia han quedado plasmadas en la separación, que la arquitectura fue estableciendo y acentuando en el lugar de culto, entre el espacio reservado al clero y el destinado al pueblo . A esa separación se sumó la causada por el distanciamiento entre la lengua latina que moría y las lenguas romances que nacían. Esa separación acentuó en el pueblo cristiano la condición de espectador obligado e ignaro de una celebración clerical.
Si eso era lo que dejaba en el ánimo la liturgia, algo parecido dejaba la catequesis. En ella, aun reconociendo y confesando que la vida del hombre es conocer y amar a Dios , hemos dado a la palabra “conocer” una dimensión marcadamente intelectual, nocional; hemos dejado en un segundo plano la experiencia y la hemos sustituido por la educación, una “educación en la fe… que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana” ; con lo cual, puede que hayamos aprendido “los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral” , puede que hayamos aprendido el camino que lleva a la iglesia donde nos reunimos, puede que incluso nos sintamos obligados a recorrer ese camino, pero no se nos ha enseñado a “acercarnos al Señor, a la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios” . “Acercarnos”: ¿cuánto?, ¿hasta dónde?, ¿hasta memorizar un catecismo sobre él?, ¿hasta la comunión con él?, ¿hasta donde él mora?, ¿hasta morar con él en donde él mora? “Acercarnos”: ¿hasta recitar un credo?, ¿hasta comulgar con la piedra desechada para ser desechados?, ¿hasta comulgar con la piedra escogida para ser escogidos? La realidad es que, sobre todo a través de la liturgia y la catequesis, hemos encerrado a los fieles en un frío y oscuro zulo doctrinal y los hemos retenido lejos del calor y la luz que emanan de Cristo resucitado. La catequesis, la misma que nos ayudó a interiorizar la presencia real de Cristo en la Eucaristía y el carácter de sacrificio de este sacramento, ha dado por supuesto, si no ha pasado por alto, que “también nosotros, como piedras vivas, entramos en la construcción de un templo espiritual, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” . A los fieles que con tanto celo han sido adoctrinados en la confesión de la presencia eucarística de Cristo, se les ha permitido permanecer ignaros acerca de la presencia eclesial del Señor resucitado. Como si la presencia eucarística fuese posible sin la eclesial. Se nos ha largado moralina domingo tras domingo, se nos ha amenazado con las penas del infierno si desertábamos la misa dominical, se ha insistido siempre en lo que supuestamente tendríamos que hacer; y se nos ha ocultado, como si hubiese de ser sobreentendido o tal vez como si no valiese la pena recordarlo, lo que somos: “una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa” . Hemos interiorizado que la liturgia es un espacio en el que los fieles nos dirigimos a Dios para adorarlo, alabarlo, darle gracias, ofrecernos; y hemos olvidado que antes es acogida del don que Dios nos hace en Jesucristo y por Jesucristo .
Al reivindicar “una comunidad de fe”, estamos reivindicando la confesión agradecida de “lo que somos”, de lo que Dios ha hecho de nosotros. ¿Cómo podríamos saber lo que hemos de hacer si no sabemos lo que somos? ¿Cómo voy a proclamar –a celebrar- las obras del Señor si no las conozco? ¿Cómo puedo vivir lo que no celebro? La teología, la catequesis, la predicación nos han de ayudar a celebrar lo que somos: Somos una comunidad de leprosos que han sido purificados, de ciegos que han sido iluminados, de sordos que han sido capacitados para anunciar las maravillas de Dios y para alabarlo por ellas; somos una comunidad de esclavos que han sido liberados, de pecadores que han sido perdonados, de hombres y mujeres que han sido resucitados con Cristo y enaltecidos con Cristo; somos una comunidad de ungidos por el Espíritu del Señor para llevar a los pobres la buena noticia. Quiere ello decir que, en el centro de nuestra celebración, se ha de poner a Dios, su obra, o lo que es lo mismo, necesitamos poner en el centro de nuestra celebración a Cristo resucitado –él es la obra de Dios-, del que la comunidad de los fieles es sacramento primordial, porque es su cuerpo. Todo lo demás –gestos y cosas, leguaje y símbolos: agua, aceite, pan, vino- todo será asumido en la celebración “si bien no como realidad autónoma con valor en sí misma, sino en cuanto incorporada a la vida y la historia de la comunidad” . Nos queda mucho camino que recorrer para sentir el gozo de pertenecer a la Iglesia, a la comunidad de los que creen en la resurrección del Señor Jesús , a la comunidad de los que, por medio de la fe y los sacramentos, han muerto con Cristo, han resucitado con Cristo, y están con Cristo a la derecha de Dios en el cielo. Nos queda mucho camino que recorrer para que podamos hablar de una comunidad que se identifica desde la fe en lo que Dios ha hecho con ella.
1.2.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad de la palabra de Dios El Nuevo testamento es testigo del esfuerzo catequético para hacer ver que toda la Escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento. Esa intuición es una de las claves con que los Padres de la Iglesia leyeron e interpretaron las sagradas Escrituras. La Escritura resultaba así fuente primera y principal de conocimiento de Cristo, de la Iglesia, de los sacramentos. De ahí que se la encuentre proclamada y explicada a la comunidad reunida en la celebración dominical de la Eucaristía . La situación cambiará cuando haga su aparición el cristiano de nombre o de conveniencia, el cristiano fingido , el cristiano de derecho, el ciudadano normal de una sociedad cristiana. No cuesta demasiado trabajo imaginar que una víctima ilustre de la nueva situación haya sido sobre todo la palabra de Dios, que es palabra dirigida al corazón, palabra alimento de la fe, y por eso mismo negación de todo nombre vacío, de todo fingimiento y de todo legalismo. El abismo entre la comunidad y la palabra se agrandará y se consagrará cuando el pueblo cristiano pierda la capacidad de entender la lengua de las celebraciones, situación que se ha prolongado durante siglos, y que con evidente timidez y no pocas precauciones fue abordada en el Concilio Vaticano II , y en los primeros pasos de la reforma que el Concilio, con la Constitución Sacrosanctum Concilium, provocó y promovió . La aceptación de las lenguas habladas era el camino necesario para que en un período determinado de años se leyesen al pueblo cristiano las partes más significativas de la Sagrada Escritura. El nuevo ordenamiento del Leccionario pretendía dar a los fieles un mejor conocimiento del misterio de la salvación, estimular en ellos el hambre de la palabra de Dios, y, bajo la acción del Espíritu Santo, impulsar al pueblo de la nueva Alianza hacia la perfecta unidad de la Iglesia . Sin embargo, esa irrupción de las lenguas vernáculas en la celebración y la mayor abundancia de la mesa de la palabra, no llevó consigo una mayor sintonía de las asambleas litúrgicas con el Misterio por ellas celebrado , ni parece que los Leccionarios, reformados y traducidos después del Concilio Vaticano II, habiendo subrayado con fuerza la importancia de la palabra de Dios y de la restauración del uso de la sagrada Escritura en toda celebración litúrgica , hayan conseguido que la comunidad cristiana la aprecie más y la comprenda mejor. Las razones de este fracaso son sin duda muchas:
• Puede que en las comunidades eclesiales haya tenido y continúe teniendo un peso grande una cierta mentalidad fundamentalista y clerical, que rechaza la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II .
• Puede que los pastores del pueblo de Dios continúen ignorando por qué se proclama la palabra dentro de la celebración.
• Puede que vean todavía en la palabra de Dios un peligro para los fieles.
• Puede que piensen que la evangelización se ha de hacer con sermones y no con la palabra de Dios .
Ésas serían razones que afectan sobre todo a quienes tienen responsabilidades de dirección de la comunidad . Pero creo que hay una razón de peso que afecta a la comunidad y de modo particular a quienes no tienen una especial formación. Esa razón se puede expresar así: en tiempos pasados, cuando lo sagrado era de casa, la barrera levantada entre el creyente y la palabra fue la de la lengua latina, la de una falsa concepción de lo sagrado que la lengua desconocida contribuía a reforzar, la del miedo a posibles contaminaciones de ideología protestante, y la consiguiente mentalidad que todavía se mantiene viva. Hoy, en un mundo secularizado y plural, caída la barrera de la lengua y las del miedo, se ha levantado en su lugar la barrera del prejuicio científico que, ignorando el ámbito del misterio, hace de la sagrada Escritura un libro de mitos piadosos, cuando no de interesadas invenciones religiosas.
A todo ello se han de añadir las dificultades de interpretación de la Escritura y el reto de la actualización: Textos en los que se ven “imprecisiones o improbabilidades históricas”. Textos en los que está presente una violencia inaceptable para la conciencia del hombre de hoy. Textos en los que a la mujer se atribuye un papel y un lugar que no son los que le corresponden por su igualdad de derechos con el hombre . Las consecuencias son penosas para los fieles: para los que ya han abandonado la práctica de los sacramentos, y para aquellos que todavía la mantienen. Unos y otros se han visto privados de la palabra que acerca al misterio de Dios, que desvela sus designios, que narra sus maravillas, que contiene sus increíbles promesas, que pone en marcha a un pueblo hacia una esperanza desmesurada. Unos y otros se han visto privados de la palabra que haría de ellos una comunidad de fe.
1.3.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad con historia Para que la liturgia de la Iglesia evite el escollo de la magia y sea “la primera y más necesaria fuente en la que los fieles beben el espíritu verdaderamente cristiano” , es condición necesaria que las celebraciones litúrgicas sean percibidas por ellos como acontecimientos de salvación inscritos en una historia que, desde el principio, el Espíritu de Dios está llevando a su fin. Nos ahorraremos discurso si, para saber de salvación –para encarnar el concepto teológico de «historia de la salvación»-, le preguntamos sin más a la oración –a la fe- de la comunidad creyente. Escucha lo que se proclama en “la doxología de las naciones”: “Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre” . En este brevísimo salmo se nos hace presente un creyente–o una comunidad -, que proclama lo que Dios es para el hombre: un Dios compasivo y fiel; un Dios que a todos invita a la alabanza, a la aclamación, al reconocimiento de la salvación que les ofrece la fidelidad misericordiosa de Dios de la que todos tienen necesidad. Fíjate en el sentido que se tiene del tiempo y de su relación con Dios y con la salvación: la misericordia de Dios “es firme”; su fidelidad “dura por siempre”. Lo cual reclama que sea “firme” y “dure por siempre” también la alabanza, también la aclamación de los que, creyendo, han conocido la fidelidad misericordiosa de Dios.
Fíjate ahora en la “acción de gracias al Salvador de Israel”:
“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor: eterna es su misericordia.
En el peligro grité al Señor, y el Señor me escuchó, poniéndome a salvo.
El Señor está conmigo: no temo; ¿qué podrá hacerme el hombre?
El Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación.
Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” . Te encuentras aquí con la misma pobreza del hombre, con la misma experiencia de Dios, de su bondad, de su salvación, y con la misma experiencia del tiempo que habías percibido en “la doxología de las naciones”: Lo que es de Dios –la bondad, la misericordia-, es eterno. Y lo que es del hombre, si hablamos de su miseria, está llamada a desaparecer; y si hablamos de la confesión de las obras de Dios y del agradecimiento que le es debido, se entiende que ha de ser de todo tiempo, pues de todo tiempo su bondad.
Escucha por último el “canto al Señor”, que entonaron Moisés y los hijos de Israel después del paso del mar: “Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria, caballo y carros ha arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré” . Aquí el motivo de la alabanza, la razón del canto, es un hecho concreto, un acontecimiento único, en el que Dios se ha revelado como padre y libertador de un pueblo que el poder del Faraón había destinado a la muerte. Pero ese acontecimiento necesariamente circunscrito a un tiempo y un lugar, es en su singularidad una página entre otras muchas de la única historia de salvación en la que al hombre se le va revelando la misericordia eterna de Dios.
A los hechos de esa historia, se les llama en la Sagrada Escritura “obras grandes y terribles” de Dios , “justicia de Dios”, “salvación de Dios”, “proezas de Dios”, “hazañas de Dios”, “maravillas de Dios”, “prodigios”, “portentos” . “Para los cristianos, más allá de los magnalia Dei de la antigua alianza, a los cuales conceden un valor tipológico, es el hecho de Jesucristo, es todo lo que ha realizado para nosotros en su encarnación, su bautismo, su ayuno, su ministerio, su pasión y su resurrección seguida de pentecostés, lo que celebran cada año en los tiempos litúrgicos, y cada día en la eucaristía” . Esa «historia de salvación» es la que muchas comunidades cristianas parecen no tener. Pero entendida al margen de esa historia, la Iglesia deja de ser la comunidad que el Padre Dios adquirió con la sangre de su Hijo y ungió con su Espíritu Santo, y se queda en los paños de una institución meramente humana. Al margen de esa historia, los sacramentos dejan de ser acontecimientos de salvación, acontecimientos últimos y nuevos de la comunidad que los celebra, y se quedan en instrumentos de alienación, ritos repetidos de una religiosidad miedosa que se protege de los riesgos de la vida y de la amenaza de Dios, "cosas inertes que se administran y distribuyen, como «medios de salvación», o «causas de gracia» que llegan del exterior y actúan casi automáticamente" .
A lo largo del siglo XX, la teología ha abierto caminos nuevos, situando los sacramentos en relación con los acontecimientos de la historia de la salvación. Lo hizo: Devolviéndoles la dimensión cristológica y pascual . Recuperando su relación con el Espíritu del Señor y su dimensión eclesial . Pero esa renovada interpretación teológica de los sacramentos no ha llegado a alimentar la espiritualidad de muchos pastores de las comunidades eclesiales. Tal vez por ello, aunque no sólo por ello, la nueva comprensión teológica no ha llegado tampoco a ser para los fieles una forma de entender y de vivir los sacramentos. De ahí que podamos estar hablando del siglo XX como de un siglo de cambios en la comprensión de los sacramentos, un tiempo de reforma de los ritos, sin que lamentablemente podamos hablar de un cambio significativo en la experiencia espiritual de las comunidades cristianas.
1.4.- Ir –caminar, avanzar- hacia la comunidad del Resucitado Los escritos del Nuevo Testamento indican que la Eucaristía de la Iglesia nace como experiencia de encuentro de la comunidad con Cristo resucitado, encuentro que asume la forma de confesión o reconocimiento de la presencia del Señor, y comida del Resucitado con los discípulos. Las palabras de Jesús en la última cena señalan hacia una Pascua cumplida en el reino de Dios: “Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él, y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios». Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios»” . A los discípulos, que se adentran en la oscuridad de una Pascua que parece destinada a ser última, Jesús les anuncia otra nueva, que celebrarán para siempre con él en el reino de Dios. A los discípulos se les anuncia la sorpresa de un reencuentro, el misterio de un encuentro, la alegría de una presencia, la comunión que nace de ese encuentro. Si a los cristianos que hoy, en cualquiera de nuestras iglesias, se reúnen para la misa dominical, les preguntásemos por la razón de su asamblea litúrgica, mucho me temo que ninguno de ellos haría mención de Cristo resucitado, de su presencia generadora de una esperanza desmesurada, comunicadora de vida en abundancia, fuente perenne del Espíritu Santo que unge a la Iglesia y la envía para que lleve el evangelio a los pobres. Mucho me temo que ninguno se reconocería miembro de una comunidad que vive porque Cristo vive, porque vive en Cristo; de una humanidad que es nueva porque ha nacido del hombre nuevo: Cristo resucitado. Me pregunto qué sentido puede tener una misa si no es encuentro con el Resucitado; me pregunto por qué extraña razón va a participar en una Eucaristía quien no cree en la resurrección; me pregunto cuántos son los cristianos para quienes la fe en la resurrección es una cuestión de creencias y cuántos aquellos para quienes la fe en la resurrección es una cuestión de experiencia. Me pregunto si no hemos reducido la Eucaristía a un puro ejercicio de magia para transformar pan y vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
1.5.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad de pobres Jesús es la revelación del amor de Dios a los pobres . La misión del Mesías Jesús no se entiende sin los pobres. En él se cumplió la palabra del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor" . Es Jesús el que dice de sí mismo: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” . Sin pobres no hay evangelio, sin pobres no hay reino de Dios, ya que evangelio y reino son para los pobres . El evangelio que se anuncia a los pobres es la evidencia de que ha llegado al mundo el que tenía que venir . Sorprendentemente, es decir, contra toda lógica, nos hemos inventado una Eucaristía –sacramento de la vida entregada del Mesías Jesús a los pobres-, que nos envidian los ángeles y que los pobres ignoran porque no es buena noticia para ellos. Asombrosamente, nos hemos dado una Eucaristía que es un analgésico para los ricos y no es salvación para los pobres. Curiosamente, la Eucaristía parece haber sido instituida más para alivio de las almas del purgatorio que para signo de la presencia de Cristo resucitado entre los suyos; más para cumplir con los deberes de la religión que para transformarnos en Cristo Jesús; más para llevarnos al cielo que para apresurar la irrupción del reino de Dios en la tierra, entre los pobres. Al dejar a los pobres fuera de la celebración , dejamos fuera la vida . Al dejar fuera a los pobres, dejamos fuera la verdad de la vida, y puede que también la Vida de verdad.
1.6.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad que ve Uno de los primero nombres que tuvo entre los cristianos el bautismo fue el de iluminación, término cuyo significado equivalía, no a ilustración filosófica o teológica, sino a curación de ceguera. La narración que el cuarto evangelio hace de de la curación de un ciego de nacimiento, es una catequesis sobre el misterio de la iluminación bautismal: “«Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista” . El ciego que se lava en el Enviado –el catecúmeno que se bautiza en Cristo-, se lava en la Luz –se reviste de Cristo - y vuelve con vista. Es esa vista la que hace posible el conocimiento de las obras de Dios y su celebración en la acción litúrgica. Consideren el cántico de Zacarías: El cantor ve que Dios ha visitado a su pueblo y lo ha redimido, que Dios ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, que Dios ha realizado la misericordia que tuvo con los padres. Entonces la bendición surge tan natural y necesaria desde la visión que incluso a los mudos “se les suelta la boca y la lengua” para cantar: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel” . Recuerden el cántico de María de Nazaret: La pequeña, la esclava, la humillada, ha visto que Dios se ha fijado en ella, que el Poderoso ha hecho obras grandes en ella, que la misericordia de Dios alcanzaba de generación en generación a sus fieles. Y de la visión brota con fuerza la alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” . En Belén, en la noche del nacimiento de Jesús, también resonaron canciones y alabanzas, que no surgen de la manifestación de la gloria de Dios , sino de la revelación de su gracia, del conocimiento de una buena noticia, del anuncio de un evangelio “que será de gran alegría para todo el pueblo” . Esa alegría es un niño, y los pastores lo encontrarán en la ciudad de David, “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” . Los ángeles, porque ya han visto y saben, ya alaban a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” . Los pastores, sin embargo, tendrán que ir y ver lo que ha sucedido, lo que el Señor les ha comunicado, y sólo cuando hayan oído y visto, también ellos volverán a su vida de cada día “dando gloria y alabanza a Dios” . Cuando el Espíritu abre los ojos del hombre para que éste reconozca la presencia de la salvación que viene de Dios, poco importa que el hombre sea anciano, de vista cansada y voz debilitada; la alabanza surgirá desde lo hondo de su ser llenando de sentido incluso la muerte: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador” . Después de la resurrección, también los discípulos de Jesús habrán de ser iluminados, habrán de aprender a ver: “Aquel mismo día”, el primero de la semana, dos de esos discípulos “iban caminando a una aldea llamada Emaús… Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo” . Aquel desconocido les habló y, mientras les hablaba, aunque les llamó necios y torpes , a ellos les ardía el corazón . Nada tiene, pues, de extraño que, llegados a la aldea, aunque el desconocido simula que va a seguir caminando, los del corazón en ascuas le piden que se quede con ellos . “Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista” . En esta narración, el “ver” no desemboca en el canto sino en la misión: “Levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” . La comunidad de fe se forma a medida que se abren los ojos de los discípulos y empiezan a ver: “Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó” . María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto»” . “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” . Aquel ver, que es el propio de los testigos de la resurrección, y nuestro ver, que es el propio de la fe, están entrelazados con una bienaventuranza. Los testigos dicen: “Hemos visto al Señor”. El apóstol que no lo ha visto, dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” . Y cuando, porque ha visto, hace su confesión, oye una bienaventuranza que no es para él sino para nosotros: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto” . Y eso a mí me suena algo así como “bienaventurados los que vean sin haber visto”. Necesitamos ver con los ojos de la fe: Ver a Cristo que nos habla en su palabra, que está en medio de nosotros en la comunidad, que se ofrece con nosotros en la Eucaristía, que en ella se nos entrega, que en los pobres nos sale al encuentro… Ver para alegrase, ver para cantar, ver para alabar, ver para salir en misión, ver para ser… “Un rasgo esencial de la asamblea (litúrgica) es el enriquecimiento que se recibe de los demás… Es un hecho que el estar juntos, el contemplarse mutuamente rezando, el estar en silencio y adorar conjuntamente, reconforta a todos. Igualmente, si nos comunicamos aquello que Dios ha puesto en nuestros corazones y nos ha hecho comprender de su palabra” .
1.7.- Ir –caminar, avanzar- hacia una comunidad que oye También el sentido del oído pertenece al ámbito de la fe, y se nos ha dado para hacer posible, con la escucha de la palabra del Señor, la proclamación de la fe. Se nos ha dado el oído para escuchar y creer, para alabanza y gloria de Dios Padre . En verdad, la historia de la salvación es la historia de la alianza entre Dios y su pueblo, una relación en la que la escucha del otro es la medida de la fidelidad. Esa escucha sólo es posible a través del corazón del hombre: “Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón” , y, porque las llevas tan dentro de ti, porque son tan tuyas, irán contigo a donde tú vayas, “se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado” . Recuerda a la madre de Jesús. Recuerda su obediencia a la palabra: “Hágase en mí según tu palabra” . Recuerda los misterios guardados en su corazón: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” ; “su madre conservaba todo esto en su corazón” . Y si por un momento has pensado en unir tu voz a la de aquella mujer que, mientras escuchaba la enseñanza de Jesús, hizo el elogio de su madre, diciendo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” , escucharás que también a ti Jesús te dice: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” .
2.- Un Misal ‘consanguíneo’ del pueblo de Dios Hemos trazado las líneas maestras de un proyecto pastoral cuyo objetivo sería crear en la comunidad creyente las condiciones necesarias para una celebración viva de la fe. Ese proyecto va a requerir un prolongado esfuerzo catequético en el que participe la comunidad, y va a requerir también libros adecuados, entre los cuales uno indispensable habrá de ser el Misal. Lo que aquí diga, está pensado en función de un «Misal del pueblo de Dios». Se trata, sin embargo, de reflexiones y propuestas que se pueden considerar válidas para los libros litúrgicos en general y para las diversas etapas del proceso de transmisión de la fe, ya se trate de completarlo en la comunidad eclesial, ya se trate de ofrecerlo desde la comunidad eclesial a los que están fuera de ella. He dicho “reflexiones y propuestas”. Podría decir intuiciones y sugerencias. Lo que pretendo es agitar las aguas –escandalizar si fuere el caso-, y suscitar un debate sobre ese subsidio litúrgico que llamamos «Misal», un libro del que siempre se ha pretendido una escrupulosa fidelidad a la fe de la Iglesia y una fidelidad sustancial al rito romano, mientras, por considerarlas prescindibles, se han ignorado u olvidado otras fidelidades que aquí pretendo recordar y subrayar.
2.1.- Fidelidad al tiempo del hombre Como hemos podido constatar, la historia de la salvación remite a la fidelidad misericordiosa de Dios, a su fuerza liberadora, y por eso mismo remite también al hombre: a sus heridas, a sus miedos, a la fragilidad concreta de su vida, a la esclavitud que lo oprime, a la violencia que padece, al mal que lo aflige, a la muerte que lo amenaza. Necesariamente, la historia de la salvación remite al tiempo del hombre. Evocándola como tiempo en el que Dios se ha manifestado al hombre, los fieles la celebran, la recuerdan, hacen memoria de sus hechos, hechos que son garantía y fundamento de la esperanza con que vivimos el presente y proyectamos el futuro. Escucha en el salmo los ecos del «tiempo del hombre»: “Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño… Señor, Dios del universo, ¿hasta cuándo estarás airado mientras tu pueblo te suplica? Les diste a comer llanto, a beber lágrimas a tragos; nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros” . Fíjate ahora en la memoria que se hace de los hechos de Dios en el pasado, memoria que da fundamento a la esperanza con la que se vive en el presente: “Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste; le preparaste el terreno y echó raíces hasta llenar el país” . Cada hombre es hijo de su tiempo, y lo son también sus preguntas, sus temores, sus esperanzas, sus tristezas, sus alegrías y sus plegarias. La celebración eucarística es siempre celebración memorial de la vida entregada de Cristo Jesús. Y eso no cambia con el paso de los años ni con el sucederse de generaciones y culturas diversas. Pero con la misma seguridad podemos decir que esa memoria de la vida entregada del Señor no existiría si no la hiciese una comunidad creyente. Y la comunidad, ésa sí cambia con el paso del tiempo. La comunidad cambia, no sólo porque hoy son unos y mañana serán otros los que formen parte de ella. Cambia también porque aún siendo los mismos quienes la integran, cada día les traerá su malicia, cada día les trae su pregunta, y la memoria del Señor se hace desde la malicia y la pregunta de cada día, desde el drama de la vida de la comunidad, desde su fe, desde su esperanza, desde lo hondo de la existencia humana. Hacer memoria de una salvación al margen del tiempo, sin relación al hombre, sería vaciarla de sentido, sería dejar al margen de la salvación precisamente a quienes hacen la memoria: sería sacar del tiempo a Dios .
2.2.- Fidelidad al dolor del hombre Creo que será difícil reconocer en el Misal Romano un libro de oración, aunque cada formulario responda al esquema clásico de invocación, ocasión, petición y objetivo o finalidad . La oración es mucho más que llenar de palabras más o menos enigmáticas la frialdad de un esquema. “¿Hemos percibido alguna vez lo que, a lo largo de los milenios de la historia de las religiones, se ha ido sedimentando en este lenguaje de las oraciones: el griterío y el júbilo, la lamentación y el canto, la aflicción y el enmudecimiento final? ¿No nos hemos centrado tal vez los cristianos de forma exclusiva en el lenguaje oracional eclesial y litúrgicamente fijado, alimentándonos quizá de ejemplos demasiado unilaterales extraídos de las tradiciones bíblicas, de modo que ya no oímos ni sabemos cuánto lenguaje oracional existe entre los seres humanos? ¿Qué hay de la queja de Job: «¿cuánto tiempo va a durar esto todavía?»? ¿Y del combate de Jacob con el ángel? ¿Y del grito de abandono del Hijo en la cruz? ¿Y, por último, del clamor con que concluye el Nuevo Testamento?” Queja, combate, grito, clamor, han desaparecido de la oración de la Iglesia . Y a cualquiera le resultará fácil comprobar que esa ausencia deja a la Iglesia –a la comunidad eclesial, a los pobres que Dios ama- fuera de la oración. En el Misal no hay bocas por las que respire el dolor humano, sino fórmulas nacidas de la racionalidad teológica, y bañadas escrupulosamente en las aguas asépticas de una supuesta ortodoxia que, en realidad, no pasa de ser una interpretación interesada y polémica de los contenidos de la fe. Si el dolor del hombre, su abandono ante el misterio, su grito ante la opresión ocupasen en el Misal el espacio concedido, por ejemplo, a la presencia del pecado , estaríamos hablando de otro libro –que sería siempre el Misal- y de otra oración –que sería siempre oración propia de la celebración eucarística-.
2.3.- Fidelidad al corazón del hombre Para proyectar sobre el fondo blanco del folio el perfil, aunque sólo sea difuminado, de ese corazón del que quiero hablar, me serviré del “último manuscrito” (1943), de Simone Weil : “Creo en Dios, en la Trinidad, en la Encarnación, en la Redención, en la Eucaristía, en las enseñanzas del Evangelio. Al decir ‘creo’, quiero expresar, no que hago mío lo que la Iglesia dice sobres estos puntos para afirmarlo como se afirman hechos de la experiencia o teoremas de geometría, sino que me adhiero por amor a la verdad perfecta, inaprehensible, encerrada en el interior de estos misterios y que trato de abrirle mi alma para dejar penetrar su luz en mí. No reconozco a la Iglesia ningún derecho a limitar las operaciones de la inteligencia o las iluminaciones del amor en el dominio del pensamiento”. A nadie se le oculta que ese modo de presentarse ante la verdad choca con las pretensiones de quienes ven en el magisterio eclesiástico el único intérprete autorizado de lo que creemos. “Adherir por amor a la verdad perfecta, inaprehensible” –en cuyo caso se trataría de amor, se trataría del corazón humano-, no es lo mismo que considerar la verdad como ya “aprehendida por la Iglesia” –en cuyo caso se trata de repetir lo que ya se sabe-. A Simone Weil, paradoxalmente, la disponibilidad total de sí misma para la verdad le cerró durante muchos años el paso a recibir el bautismo en la Iglesia católica. Hoy, la posición intelectual y moral de aquella mujer resulta más razonable, más en consonancia con la dignidad de la persona, más propia de un discípulo de Jesús, más asumible que la de quienes se obstinaron entonces y se obstinan todavía en reivindicar un supuesto poder de la Iglesia sobre la verdad. Detrás de las palabras de Simone Weil hay pasión por la verdad. Detrás de nuestros pronunciamientos de adhesión incondicional mucho me temo que se esconde la renuncia a buscarla –como si no la amásemos-. En las páginas del Misal no alienta la pasión de la búsqueda. La verdad está presente de forma notoria, pero sólo como preocupación porque no nos apartemos de una supuesta verdad que está ya fijada y que reclama sólo nuestra adhesión incondicional .
2.4.- Fidelidad al enigma del hombre “El hombre es también enigma… Hay en nosotros algo sin límite ni comprensión posible, que permanecerá siempre y que es incluso constitutivo de nuestro ser” . Y constatamos que también el “enigma del hombre” resulta ausente de las páginas del Misal. Contrariamente al oráculo de Delfos, el cual, según Heráclito, “no enuncia ni oculta: significa” , el Misal no significa ni oculta, sino que enuncia, aunque lo haga normalmente en forma intencionadamente enigmática. Si de algo decimos que, más allá de enunciar u ocultar, pretende “significar”, decimos que “hace señal, indica, muestra lo que ya existe –pistas, senderos- y al mismo tiempo invita… a emprender el desciframiento de su nuevo y propio camino” . En el Misal no encontramos preguntas sobre el hombre sino certezas: ¡Todo se puede dar por descontado, por sabido, por hecho! Es como si en la oración de la comunidad creyente no hubiese lugar para el sobresalto, para la oscuridad de la noche, para la bajada a los infiernos, para la pregunta del crucificado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Si tenemos respuestas para todo, ya hemos empezado a no tener nada que decir a nadie: “El hombre, aun construyéndose con la racionalidad, con el sentido, con la afectividad, con la acción y con Dios (si le confiesa), se construye también con lo «insoportable», que es lo indecible, lo indescifrable (el hombre desearía siempre desgarrar el velo, pero ha de saber, poder y deber asumirlo) . El hombre es misterio, y la oración de la comunidad eclesial ha de reconocer ese misterio y respetarlo. El Misal olvida, eso creo, que “el hombre debe construirse con lo «insoportable»” .
2.5.- Fidelidad a las esperanzas del hombre Cuando aquí hablamos de “esperanzas”, no estamos hablando de sueños o ilusiones a la medida de nuestros deseos, sino de certezas a la medida de las promesas de Dios. Con lo cual queda dicho que la esperanza cristiana mira necesariamente al futuro como tiempo de realización, y mira al pasado como tiempo de fundamentación. En el Misal, y más si cabe en la pastoral –en la catequesis, en la predicación-, el pasado –la historia de la salvación- cargado de promesas, y el futuro, en el que todas las promesas se verán cumplidas, han sido sacrificados a la eficacia que el presente ha recibido de Cristo Jesús para salvarnos. Donde se ve cómo una verdad –la eficacia de los sacramentos de salvación en el hoy de la comunidad eclesial-, sobrevalorada, sobreestimada, considerada como absoluta, ha relegado al olvido capítulos enteros del libro de la fe, y ha puesto debajo del celemín luces que, con providencia asombrosa, el Señor había ido encendiendo a lo largo de la historia para iluminar con ellas nuestro camino. El hombre es mucho más que sus propias esperanzas: es sujeto de esperanzas divinas. Y en ese mundo de esperanzas sólo se puede entrar a la luz de la palabra de Dios: sólo desde la palabra se podrá dar nombre a las esperanzas. Ese mundo de nombres que al creyente le ofrece el Leccionario, habría de encontrarse, reflejado como en un espejo, también en las páginas del Misal: la palabra anuncia lo que el sacramento realiza y el corazón espera ver llevado a plenitud en el día en que todo llegará a su fin, a su verdadero comienzo. Si me preguntas por qué, escuchando día a día la palabra de Dios en la asamblea litúrgica, no hemos aprendido a reconocerla como anuncio de lo que se realiza en los sacramentos, no hemos aprendido a guardarla en el corazón como promesa de lo que Dios nos permite esperar, no creo equivocarme si te digo que los pastores hemos menospreciado esa dimensión profética de la palabra y la hemos reducido a ocasión para discursos moralizantes que poco o nada han contribuido a afianzar la fe del pueblo de Dios. La desconexión entre el Misal y el Leccionario es evidente e inaceptable.
3.- Un Misal para el pueblo de Dios Si se habla de un Misal “para el pueblo de Dios” se da a entender que el pueblo de Dios es el destinatario de ese subsidio litúrgico, y eso significa que ha de estar a su alcance cuanto allí se dice, ha de poder beneficiarse de ello, ha de poder encontrar allí una ayuda para la vida espiritual, ha de poder gustarlo, ha de poder amarlo. Lamentablemente, del pasado no ha llegado a nuestras manos un libro para el pueblo de Dios sino un libro para el clero, aunque, paradojas de la vida, tampoco para el clero llegue a representar algo más que un libro de altar. Hace muchos siglos, en el marco de una disputa teológica, un obispo señaló la oración litúrgica de la comunidad eclesial como fuente segura para conocer la fe de la Iglesia, y dio forma a lo que luego sería considerado como un axioma de valor universal en teología: “Legem credendi, lex statuat suplicandi”. Se intuye que ese axioma tiene valor sólo si se le concede valor al correlativo: “lex credendi, legem statuat suplicandi”. Pero este último, del todo necesario para la validez el primero, no hace de la oración de la Iglesia un tratado de teología, no obliga a la Iglesia a meter el Credo en su oración, sino que pone en el centro de la celebración “lo que hemos recibido del Señor”, “lo que se nos ha transmitido”, y hace de esa tradición una referencia ineludible para determinar los contenidos de la oración . Claro que, más allá del mandato del Señor, que ha de ser cumplido, nada de lo que se diga en la oración de la Iglesia ha de ser ajeno a la fe de la Iglesia. Pero intentar hacer de la oración de la comunidad un instrumento de difusión de ideologías supuestamente identificadas con los contenidos del depósito de la fe, sería, a decir poco, una utilización inadecuada de la liturgia. La exigencia de fidelidad a lo recibido, a lo transmitido, a la memoria del Señor y a la comunidad que la celebra, obliga a que en la Iglesia se aborde, con serenidad y con libertad el tema de los contenidos del Misal, la cuestión del lenguaje litúrgico, la purificación de las palabras, de modo que el libro sirva al pueblo de Dios para la oración litúrgica, y ninguna otra preocupación o propósito lo aparte de ese servicio.
3.1.- Los contenidos del Misal No se trata aquí de la estructura de la Misa ni de sus elementos y partes. En eso, cada rito tiene su propia tradición, su propio espíritu, sus propias normas, y no es de eso de lo que deseo tratar. Al hablar de “contenidos del Misal”, me refiero a eso que, en la Ordenación General del Misal Romano, en su Proemio, se presenta como “testimonio de fe inalterada” , y allí mismo se concreta en la naturaleza sacrificial de la Misa, en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, y en la naturaleza del sacerdocio ministerial. Tres verdades: es verdad. Pero también tres cepos en los que queda atrapado el misterio de la eucaristía. La naturaleza sacrificial de la Misa: La naturaleza sacrificial de la eucaristía sólo se puede afirmar en relación a la presencia del mismo Cristo Jesús en la celebración –presencia del sumo sacerdote de la nueva alianza- y a la presencia de su único sacrificio . De Cristo Jesús decimos que es nuestra paz, que es para nosotros el camino, la verdad y la vida, que es nuestra resurrección, que es buena noticia de Dios para los pobres, y podemos decir también que él es nuestro único sacrificio: “Procurad pareceros a él y vivid en mutuo amor, igual que Cristo os amó y se entregó por vosotros, ofreciéndose a Dios como sacrificio fragante” (Ef 5, 2). “Cristo, presentándose como sumo sacerdote de los bienes definitivos, mediante el tabernáculo mayor y más perfecto… y mediante sangre, no de cabras y becerros, sino suya propia, entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una liberación irrevocable. Si la sangre de cabras y toros y unas cenizas de becerra, cuando rocían a los impuros, los consagran confiriéndoles una pureza externa, ¿cuánto más la sangre de Cristo, que con espíritu irrevocable se ofreció él mismo a Dios como sacrificio sin defecto, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que demos culto al Dios vivo?” (Heb 9, 11-14). A la luz de la palabra de Dios, nos adentramos en el misterio de este Hijo que, haciéndose de Dios por la obediencia, se hace único sacrificio agradable a Dios: “Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo” (Fil 2, 6-9). Que al hablar de sacrificio en relación a Cristo Jesús, se habla de la vida de Jesús, de toda su vida, también de la cruz en la que murió, pero no sólo de la cruz, lo da a entender la carta a los Hebreos, cuando dice: “Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar él en el mundo, dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo –pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad. Primero dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. Niega lo primero para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Heb 10, 4-10). Lo que hace de Cristo un sacrificio agradable a Dios, no es su muerte sangrienta en una cruz , sino “su oblación viva y personal al Padre” , oblación que se perpetúa en el santuario celeste, donde Cristo entró “para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros” . En la Iglesia apostólica se dirá que «agradan a Dios» la vida de los fieles y la ayuda que se prestan unos a otros, y se les dará el nombre de «sacrificio» : “Ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de labios que bendicen su nombre. No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios” (Heb 13, 16). En ese ámbito de comprensión del “sacrificio agradable a Dios” entraban con naturalidad la vida de fe de los filipenses, el previsible martirio del apóstol –su sangre derramada en libación- (Fil 2, 17), así como la ayuda que los filipenses le han hecho llegar para su sustento material (Fil 4, 18). Y con la misma naturalidad, en la Iglesia primitiva se consideraba sacrificio la muerte de los mártires, las oraciones unidas a la caridad con el prójimo, la oración que nace de un cuerpo puro, de un alma sin culpa y del Espíritu Santo, toda obra buena que se hace para unirse en santa comunión con Dios . Esa trasposición del culto desde fuera hacia dentro, desde el ámbito ritual a la vida personal, desde la adoración en un lugar sagrado a la adoración “en espíritu y en verdad” , ayuda a comprender por qué los primeros cristianos fueron acusados de ateísmo, pues a la vista de todos estaba que ellos, a diferencia de judíos y paganos, no tenían templos, ni altares, ni sacrificios con los que honrar a Dios. Aquella extraña humanidad, aquellos ateos llenos de fe, eran parte de un mundo nuevo y tenían un culto nuevo, en el que no había más sacrificio que el ofrecido por Cristo en su cuerpo, no había más altar que el cuerpo de Cristo, no había más templo que Cristo resucitado . Pero esa nueva realidad iniciada por Cristo y continuada por la Iglesia, esa «visión cristiana del sacrificio» y del culto en general, se fue desdibujando poco a poco desde muy pronto , hasta llegar a desvanecerse en el aire polémico que impregna doctrina y cánones del Concilio de Trento sobre el sacrificio de la misa , aire que todavía se respira en el Proemio de la Ordenación General del Misal Romano: “En aquellos en que se ponía en crisis la fe católica acerca de la naturaleza sacrificial de la Misa, del sacerdocio ministerial y de la presencia real y permanente de Cristo bajo las especies eucarísticas, lo que san Pío V se propuso fue salvaguardar los últimos pasos de una tradición atacada sin verdadera razón” . Se habrá de hablar siempre de la eucaristía como sacrificio. Pero esa legítima evocación de un misterio inefable de nuestra fe ha dado lugar a un lenguaje –a una pretensión de decir lo indecible- cargado de ambigüedad, y a unos razonamientos –a un intento de abarcar lo inabarcable- que resultan comprensibles si circunscritos a «su» tiempo, pero que no se pueden proponer cuando el paso del tiempo ha mudado objetivamente las condiciones de la reflexión teológica. La doctrina del Concilio de Trento sobre la institución del sacrificio de la misa es un buen ejemplo de esa ambigüedad del lenguaje y del vaciamiento inevitable de su fuerza probatoria: “El Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos [allí] la eterna redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte, en la última cena, «la noche que era entregado», para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible (como exige la naturaleza de los hombres), por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos, y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos… ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino…” Al hablar de “un sacrificio visible”, se desliza en el texto la idea de algo nuevo, en contraposición con el único sacrificio invisible de Cristo. Al hablar de “representar” el sacrificio sangriento de Cristo, consumado en la cruz, se habla de algo –la representación- que se hace muchas veces. De ahí la idea fácilmente asociada de una reiteración del sacrificio de Cristo, de una oblación repetida de Cristo, o de algo que la Iglesia hace de manera autónoma, porque necesita ver –ya que “lo exige la naturaleza de los hombres”-. Con el texto citado, el Concilio de Trento pretendía reivindicar, como es debido, el valor sacrificial de la eucaristía; pero allí nos ha dejado ideas tan sorprendentes como que “dejar a la Iglesia un sacrificio visible” es “exigencia de la naturaleza humana”; y que el sacrificio de Cristo se identifica con su “ofrecimiento en el altar de la cruz”. Esas ideas –no obstante las modificadas condiciones de la reflexión- se han mantenido en los documentos del Concilio Vaticano II: “Nuestro Salvador, en la última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección” . Y ése es el texto conciliar que se recoge en el Proemio de la Ordenación General del Misal Romano, y que va a condicionar de forma evidente la impostación general del libro . En ese Proemio, y supuestamente a la luz de la fe –pues todo se deduciría de “la lex orandi de la Iglesia, que responde a su perenne lex credendi”-, se afirma que el sacrificio de la cruz y su renovación sacramental en la Misa “constituyen un mismo y único sacrificio” . Esa afirmación evidencia una teología minorativa y desenfocada del único sacrificio que es Cristo Jesús, y una interpretación engañosa de la eucaristía, que no es entendida como sacrificio memorial, como memoria sacrificial, como memoria-presencia de Cristo , sino como Plegaria, en la que “el sacerdote, a la vez que realiza la «anámnesis», se dirige a Dios también en nombre de todo el pueblo, le da gracias y le ofrece el sacrificio vivo y santo, a saber: la oblación de la Iglesia y la Víctima por cuya inmolación el mismo Dios quiso devolvernos su amistad” .
La presencia real de Cristo en la eucaristía: Traigo aquí una oración que aprendí de niño –la aprendí de Francisco de Asís- y que continúo rezando desde entonces al entrar en una iglesia y al salir de ella: “Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste al mundo” . En esa oración, la redención se entiende asociada a la cruz de Cristo –idea muy incrustada en el imaginario de la fe-, y la presencia del Señor se representa en categorías espaciales –está aquí o allá-, en nuestro caso, “en todas las iglesias” en las que está reservado el divino sacramento. Esa representación ‘popular’ de la redención y de la eucaristía, nada quitaba al sentido de la fe para que el creyente viese a Cristo Jesús –Francisco es un buen testigo de ello- en la creación y lo abrazase en los pobres. En el momento actual de la Iglesia, tan lleno de inquietudes y esperanzas, la teología, la catequesis, la oración, también el Misal, todo habrá de contribuir a que la mirada de la fe vaya haciéndose gradualmente a la luz del Señor resucitado y vaya descubriendo su presencia. En él se halla inmersa toda la realidad, pues Dios ha querido “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1, 10), “y todo lo puso bajo sus pies” (Ef 1, 22). La mirada de la fe ha de aprender a reconocer a Cristo en el hombre, tarea ineludible si queremos realizar en la tierra el reino de Dios. Si la historia del hombre es historia de salvación, y lo es, entonces es historia de la acción de Cristo entre los hombres, pues no hay salvación que no se llame Cristo, no hay salvación que no sea Cristo, aunque su presencia, siendo siempre real, lo haya sido en grados diversos, según los diversos tiempos de la única historia de la salvación. Reconocer a Cristo que, desde el principio, hace camino con el hombre para la salvación del hombre, es confesar a Dios al servicio del hombre, y es reconocer en el hombre esa dignidad inalienable que se niegan a respetar los que se sirven del hombre como si fueran sus dueños, los que lo explotan, los que lo excluyen, los que lo esclavizan, los que lo matan. Pero hay más: Reconocer a Cristo que hace camino con el hombre, es confesar que, desde el principio hasta el fin de la historia humana, el Señor se ha hecho de tal manera solidario con nosotros en la debilidad, que padece hambre en el hambriento, sed en el sediento, abandono en el extranjero, en el enfermo, en el encarcelado. Y así, del que es nuestro salvador, también podemos decir que necesita ser salvado por nosotros y que, en los pobres, con la voz de los pobres, clama porque lo salvemos . Permítaseme decir que, si una mínima parte del empeño que hemos puesto en reafirmar el misterio de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, la hubiésemos puesto en educar los ojos de la fe para que reconociesen a Cristo en cada ser humano, nos habríamos ahorrado odios, incomprensiones, injusticias, iniquidades, violencias, abusos, muertes, habríamos apartado de nuestra vida tantos males que posiblemente estaríamos hablando de una humanidad distinta, una humanidad de la que seguramente estaría más cerca el reino de Dios. Pero ese empeño catequético-pastoral no lo hemos asumido siquiera para adentrarnos en el misterio de la presencia de Cristo en la Iglesia, en la comunidad eclesial. Podemos pasar el día musitando oraciones, puede que lo hagamos con otros fieles que sienten la misma pobreza, la misma necesitad que nosotros, pero no se nos ha recordado, no se nos ha enseñado, no nos han ayudado a ver ¡que en medio de nosotros está Cristo Jesús!, ¡que somos el cuerpo de Cristo!, y que es él, nuestra cabeza, quien ora con nosotros, quien ora en nosotros, y que nosotros, su cuerpo, oramos en él, con él y por él. Este abandono secular del pueblo de Dios en la soledad individualista de sus devociones, le ha impedido tomar conciencia de que Cristo está presente en la Iglesia que celebra la liturgia, y también en la Iglesia “que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo, sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad” . El Misal, relegada al olvido la multiforme presencia real de todo en el Señor resucitado, parece reconocer sólo “el misterio admirable de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, reafirmado por el Concilio Vaticano II y otros documentos del Magisterio de la Iglesia en el mismo sentido y con los mismos términos que el Concilio de Trento lo declaró misterio de fe”; misterio que “se ve expresado también en la celebración de la Misa, no sólo por las mismas palabras de la consagración que hacen presente a Cristo por la transubstanciación, sino además, por el sentido y los signos de suma reverencia y adoración que tienen lugar en la liturgia eucarística” . El carácter minorativo y polémico del texto se evidencia en el participio “reafirmado”, y no tanto porque se considere necesaria la reafirmación de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, sino sobre todo porque se reivindican el sentido y los términos con que habló de ese misterio el Concilio de Trento. Semejante pretensión debería estar ausente de las páginas de un libro destinado no a la polémica sino a la comunión, no a lo que es propio de unos sino a lo que es común a todos, no a profesar una ideología que congela el espíritu cristiano sino a ofrecer una palabra evangélica que lo alimente. Las palabras del Proemio no acercan al misterio de la presencia real, lo hacen inhóspito para los fieles, y lo abandonan en el terreno engañoso de la magia, pues de magia se trata cuando se atribuye a las palabras de la consagración el poder de hacer presente a Cristo. Desde la perspectiva teológica del Proemio: Desaparece de la Eucaristía la comunidad que la celebra –el cuerpo eclesial de Cristo-. Desaparece la visualización sacramental de esa comunidad en la asamblea litúrgica. Desaparece el Señor de la cena, relegado al olvido como amor que se entrega, y substituido en su función por unas palabras dotadas de para hacerlo presente. Desaparece la donación que Cristo nos hace de sí mismo al entregarnos como cuerpo suyo personal el pan y el vino de su cena. Desaparece el gesto y el mandato: “Mientras comían, Jesús tomó el pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos, y les dijo: «Tomad, comed»” (Mt 26, 26).Todo se relega a un último plano, como si lo único significativo en las palabras de Jesús fuese: “esto es mi cuerpo” . El Misal ha de recuperar, habrá de subrayar con fuerza, el misterio de la presencia real de Cristo en la creación, en el hombre, en la Iglesia, en la comunidad celebrante, en la celebración litúrgica, en el ministro ordenado, en la palabra de la Escritura que se proclama, en los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias –los dones que han sido ‘eucaristizados’-.
La reivindicación del sacerdocio ministerial: Tercer elemento, que era de conflicto “en aquellos momentos difíciles” del Concilio de Trento, y que continúa presente en el Proemio de la Ordenación General del Misal Romano, es la naturaleza del sacerdocio ministerial, “propia del obispo y del presbítero” y su relación con el sacerdocio real de los fieles. Curiosamente, del sacerdocio de los fieles, reconocido como “algo distinto” del ministerial, y “muy digno de estima”, se dice que “se capta a partir de la naturaleza del sacerdocio ministerial”, ya que la ofrenda espiritual de los fieles “se consuma en la unión con el sacrificio de Cristo… por el ministerio del obispo y de los presbíteros” . Esta forma de introducir en el Proemio el discurso sobre el sacerdocio real de los fieles, lo deja objetivamente remitido y subordinado al sacerdocio ministerial del obispo y del presbítero. Recordar que hay diferencia, y no sólo de grado, entre uno y otro, puede que sea oportuno, incluso necesario. Pero reivindicar esa diferencia a tiempo y a destiempo es síntoma de una inquietante pervivencia de clericalismo –entiéndase reivindicación de superioridad o supremacía o poder del clero sobre los fieles-, y deja en el ánimo la impresión de que se tiene miedo a que no se reconozca o se discuta esa diferencia. Si en Trento los padres conciliares tuvieron que preocuparse por la naturaleza del sacerdocio ministerial, hoy todos hemos de preocuparnos por reivindicar los derechos y deberes del pueblo sacerdotal que es el pueblo de Dios. A nadie se le oculta que es el pueblo de Dios el preterido; que es su sacerdocio el olvidado, el ignorado; que es la comunidad de los fieles la que necesita tomar conciencia de su sacerdocio, de lo que Dios ha hecho de ellos en Cristo Jesús. “La participación plena, consciente y activa de todos los fieles en las celebraciones litúrgicas” , deseada por la Madre Iglesia, no busca hacerles más atractiva una celebración que continuaría siendo del obispo o del presbítero, sino hacerlos a ellos sujetos de pleno derecho de una acción que es radicalmente suya, porque lo es de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia . De ahí la importancia –la necesidad- de que la teología, la catequesis, la predicación, los textos litúrgicos, subrayen la relación misteriosa y real que hay entre el sacerdocio único de Cristo y el sacerdocio real de los fieles : En la celebración eucarística, Cristo, presente como Mediador y Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, incorpora a su sacrificio el sacrificio y la oblación de su Iglesia, y los presenta al Padre celestial . Al adentrarnos en el misterio de la Iglesia, la realidad que nos encontramos es la comunidad de los que “al nacer de nuevo por la palabra de Dios vivo, no de una semilla mortal, sino inmortal, no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo, constituyen un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios; y los que antes no eran ni siquiera pueblo, ahora, en cambio, son pueblo de Dios” . Si se habla de la “constitución jerárquica de la Iglesia”, ya no se está tratando de lo que la Iglesia es, sino que se considera –consideración importante y necesaria- el modo en que la Iglesia está estructurada. Esa sencilla distinción entre lo que la Iglesia es y cómo la Iglesia se estructura, debiera ser suficiente para liberarnos de la obligación de hacer referencia al sacerdocio ministerial cada vez que hacemos mención del sacerdocio común de los fieles para liberarnos de la tentación de presentar el sacerdocio común como subordinado al sacerdocio ministerial o jerárquico; para liberarnos de la seducción que nos lleva a describir en términos de poder, en vez de hacerlo en términos de servicio, la naturaleza del sacerdocio ministerial.
3.2.- La cuestión del lenguaje litúrgico Aunque la latina había dejado de ser desde hacía muchos siglos una lengua viva –vivía sólo en las lenguas romances que de ella nacieron-, la Iglesia continuó utilizándola como lengua litúrgica hasta nuestros días. De esa manera, en la liturgia de las comunidades cristianas, el lenguaje dejó de cumplir su función propia, que es la de expresar-comunicar lo que se piensa, lo que se siente, lo que se cree: El lenguaje había dejado de serlo, se había vuelto un «decir sin comunicar». Y comenzó a desempeñar otras funciones: La lengua desconocida daba a los ritos un aire de «sacralidad», salvaguardaba la validez de los ritos –su legitimidad y eficacia-, y daba al clero un halo de poder y de superioridad, la evidencia de su superior y más poderoso sacerdocio. La obstinación en considerar la legitimidad y la eficacia de las celebraciones litúrgicas en relación con unas palabras que se pronuncian según la disposición de la Iglesia jerárquica, llevó consigo –consecuencia penosa y duradera- que las celebraciones litúrgicas dejasen de ser lugar y tiempo de encuentro personal y comunitario con Cristo resucitado, y decayesen al rango religioso-mágico de ritos eficaces a los que los fieles asistían. El Concilio Vaticano II abrió una brecha en ese mundo de incomunicación. Después de un contundente imperativo –“se conservará el uso de la lengua latina”-, se reconocía que, “muchas veces, el uso de la lengua materna” podía “ser muy útil para el pueblo” . Por esa brecha las lenguas maternas entraron “tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia”. Se había dado un paso necesario para lograr la deseada participación “plena, consciente y activa” de los fieles en la celebración; pero ese paso se demostró del todo insuficiente. Los fieles, habituados durante siglos a considerar “legítima” y “eficaz” una celebración de la que nada entendían y en la que, para ocupar el tiempo en algo personal, podían dedicarse a recitar sus devociones particulares, no vieron –no ven todavía- un problema en el hecho de que no entienden tampoco las celebraciones en lengua vulgar que ahora padecen . Pero el problema está ahí, es un problema de lenguaje, y es urgente ponerlo sobre la mesa. El Misal Romano, tal como lo tenemos, es un obstáculo en el camino espiritual de los fieles, es incompresible para ellos, lo uno y lo otro tal vez porque se ha quedado en un repertorio de oraciones fuera del tiempo, fuera de la vida, fuera de la realidad en la que vivimos.
A la búsqueda del horizonte perdido: Es un hecho: las oraciones recogidas en el Misal Romano para la celebración cotidiana de la Eucaristía –oración colecta, oración sobre las ofrendas, oración para después de la comunión-, son, en general, formularios que vienen del pasado . Y esa proveniencia condiciona –porque le pone límites muy estrechos- la comprensibilidad de los textos. Muchas preocupaciones de carácter doctrinal, reivindicaciones que en otro momento pudieron ser oportunas, tal vez necesarias, comprensibles en su momento, hoy resultan incomprensibles, minorativas, inconvenientes. Ya nos hemos referido a la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, a la naturaleza sacrificial de la Misa, a la naturaleza del sacerdocio ministerial. Se habrá de reconsiderar también el modo en que el Misal habla de la verdad, del pecado, de la salvación, de la libertad, de la relación entre estas realidades fundamentales de nuestra fe. Se habrá de revisar el subyacente dualismo entre «mundo que pasa» o «bienes de la tierra» y «bienes del cielo» Se habrá de hacer posible que las oraciones del Misal desempeñen el papel pedagógico de guía de la comunidad hacia una comprensión siempre más profunda del evangelio de nuestro Señor Jesucristo, hacia una celebración más consciente de los misterios de la salvación, hacia una confesión más clara y sencilla de la propia fe. Es hora de que nos preguntemos si hay alguna razón que justifique el permanente anclaje del Misal en un pasado remoto que se impone a las comunidades que viven y celebran hoy su fe. La opción de mantener en la liturgia textos venerables por su antigüedad, de por sí no significa fidelidad al evangelio, y lo inevitable será que lleve a una esclerosis mortífera en el modo de celebrar los misterios de la fe. Estamos obligados a buscar formas de expresión litúrgica que sean adecuadas al tiempo en que vivimos. Se podrán adaptar o reelaborar textos antiguos . Pero lo deseable, lo lógico, lo consonante con la naturaleza de la celebración cristiana, será que, también en consonancia con el mandato del Concilio Vaticano II, la autoridad competente provea de nuevos formularios a la comunidad celebrante. Será “necesario” “ordenar textos y ritos de tal modo que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan”, a fin de que, “en la medida de lo posible, el pueblo cristiano pueda percibirlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y propia de la comunidad” . Para purificar de clericalismo las páginas del Misal, será necesario que en la oración litúrgica resulte evidente el carácter eclesial de la celebración: “Las acciones litúrgicas pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan”, aunque afecten “a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual” . Para que la sagrada liturgia desempeñe adecuadamente su función de ofrecer “instrucción para el pueblo fiel” , las oraciones, como los ritos, habrán de resplandecer por su sencillez , y habrán de contribuir, ellas también, por no decir ellas sobre todo, a que “aparezca claramente en la liturgia la unión íntima del rito y la palabra” . De esa manera, oraciones –y prefacios-, pueden llegar a ser una buena catequesis para que el pueblo de Dios comprenda mejor los ritos que celebra. En su día, el Concilio aprobó normas “para llevar a cabo la adaptación de la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos” . Ese trabajo de adaptación ¡está sin hacer!, y ¡es necesario hacerlo!
Renuncia a lo sibilino: Sea que se reelaboren formas de oración ya existentes, sea que se creen nuevas, un criterio irrenunciable de trabajo ha de ser la renuncia a toda expresión “sibilina”, entiéndase “de significado oculto” o “de imposible comprensión”. Si los ritos “han de adaptarse a la capacidad de los fieles y, en general, no deben precisar muchas explicaciones”, con más razón, si cabe, se ha de buscar la misma sencillez y claridad en los textos de las oraciones. Lamentablemente, las expresiones “sibilinas” son de uso corriente en el Misal que padecemos. No voy a recorrer todas las páginas del Misal para mostrarlo. Bastará con ofrecer unos ejemplos: “Lo que nos concedes celebrar con devoción durante nuestra vida mortal, sea para nosotros premio de tu redención eterna” . “Lo que brilla por la fe en nuestro espíritu, resplandezca en nuestras obras” . “Concede a los que esperamos con fe el don de tu amor, alcanzar la recompensa de la libertad verdadera” . “Que los deseos de servirte con total pureza nos conduzcan hasta el gran misterio de la encarnación de tu Unigénito” . “Te pedimos que… resplandezcamos delante de Cristo que se acerca, como luminarias de su gloria” . “Que merezcamos participar de la eternidad de aquel que, con su muerte, remedió nuestra condición mortal” . “Concédenos… iniciar con fervor la celebración de esta solemnidad del mismo modo que manifiestas en ella el comienzo de nuestra redención” . Se trata de un lenguaje que el pueblo de Dios jamás usaría, peticiones que jamás haría, propósitos que ni siquiera está en condiciones de expresar. Me pregunto qué entenderán los fieles cuando oyen decir: “Escucha, Señor, nuestras oraciones para que el santo intercambio de nuestra redención nos sostenga” . “Realiza, Señor, en nosotros lo que significa el intercambio de esta ofrenda pascual” . “Mira, Señor, a tu pueblo… Concédele llegar a la incorruptible resurrección de la carne que habrá de ser glorificada” . Ahorrar a los fieles semejante castigo es obligatorio y urgente.
Que en la oración respire la fe: El Misal Romano refleja en sus formularios una comprensión teológica de la realidad que necesita ser reconsiderada, revisada, complementada, y que, en algunos casos, puede que haya de ser sencillamente abandonada. Ya hemos aludido al significado cristiano de las palabras «sacrificio», «altar», «templo». Es deseable que en el Misal se refleje con claridad el carácter espiritual del culto cristiano: Nuestro sacrificio, el de Cristo, es obediencia, es servicio, es amor filial, y lo ofrecemos en Cristo, en ese único altar que es el cuerpo de Cristo , en ese templo que es Cristo resucitado, y del que son piedras vivas cuantos, creyendo, se acercan al Padre por medio de Jesucristo en un mismo Espíritu. Pero hay otras palabras a la espera de que las bauticemos y les demos su sentido cristiano. Sólo haré referencia a alguna de ellas:
«El reino de los cielos»: Si en el Misal se habla del “reino de los cielos”, entendemos bienes escatológicos, bienes últimos: “los bienes del cielo” , “los bienes eternos ”, el “banquete de la vida eterna” , “la recompensa de la vida eterna” , “la gloria de la resurrección” , “la eternidad” , “el premio de la bienaventuranza” . Esa confesión de lo que esperamos más allá del tiempo, confesión ciertamente esencial de nuestra fe, no se ha de sobreponer en la oración litúrgica al imperativo suplicante, que el Señor nos ha dejado, de que trabajemos y oremos para que se instaure en el mundo el reino de Dios. Para el evangelio, la tierra es mucho más que un lugar de paso. Para Dios, el mundo es un espacio de salvación. Y eso habrá de ser también para el pueblo de Dios, para su oración, para su vida.
«El pecado – el perdón – la salvación»: En el Misal se encuentran referencias frecuentes al pecado como realidad personal: “Ayúdanos… para que no caigamos en la antigua servidumbre del pecado” . “Que este divino alimento… nos purifique del pecado” . “Que la gracia de tu bondad apresure la salvación que retrasan nuestros pecados” . “Que… nos veamos libres de los peligros que nos acechan a causa de nuestros pecados” . Así se expresa la Iglesia en el Adviento. Así le hace eco la Iglesia en Cuaresma: “Pasas por alto los pecados de los hombres, para que se arrepientan” . “Oh Dios, que… encuentras agrado en quien expía sus pecados” . “Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador… concédenos… alcanzar el perdón de los pecados” . “Nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nuestros pecados ”. “Dios mío, borra mi culpa” . “Corrijamos aquello que por negligencia hemos cometido, no sea que sorprendidos por el día de la muerte, busquemos, sin poder encontrarlo, el tiempo de hacer penitencia. Escucha, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti” . “Te pedimos… que… limpios de pecado, merezcamos celebrar piadosamente la pasión de tu Hijo” . Bastan los textos citados para evidenciar que, en las páginas del Misal, el pecado se entiende como realidad que afecta al individuo, a la intimidad de su yo, realidad que representa un obstáculo en la relación personal con Dios y una amenaza para la salvación eterna del creyente. Esa idea individualista del pecado condiciona a su vez el sentido que los formularios dan al perdón que se pide a Dios y a la salvación que se espera de él: “Mira, Señor… las ofrendas que presentamos en tu altar, para que nos obtengan el perdón” . “Que (el don celestial) sea siempre para nosotros causa de perdón y salvación ”. “Que la participación en este sacramento nos purifique de todo pecado” . “La ofrenda de nuestra fidelidad… nos obtenga el perdón de nuestras culpas” . “Que esta comunión nos limpie de pecado y nos haga partícipes de las alegrías del cielo” . Pecado, perdón y salvación son entendidos como realidades ajenas al mundo en que vivimos, como algo que sucede en el secreto de nuestra relación con Dios. Con lo cual, se acentúa la desconexión entre comunidad celebrante y reino de Dios, entre comunidad pecadora necesitada de perdón y de salvación y comunidad ungida y enviada para que lleve a los pobres la buena noticia. El Misal ha desencarnado el evangelio, lo ha desconectado del mundo.
«La Iglesia»: No se trata de documentar aquí los muchos y muy hermosos nombres con que el Misal se refiere a quienes integran la comunidad celebrante: “Siervos de Dios”, “familia de Dios”, “pueblo de Dios”, “fieles de Dios –tus fieles-”, “Iglesia de Dios –tu Iglesia-”. Sólo quiero resaltar que detrás de esos nombres, en las oraciones en las que aparecen y en las muchas más en las que se sobreentienden, somos siempre “nosotros”, la Iglesia, el destinatario de los bienes que, por Cristo, pedimos y esperamos recibir, como si la Iglesia existiese para sí misma y hubiese sido enviada, no al mundo con un mensaje de salvación sino a sí misma con un mensaje de miedo. Es el dolor del hombre, su abandono ante el misterio, su grito ante la opresión, lo que reclama en el Misal un espacio que hasta ahora nos hemos reservado para “nosotros”. No es que el Misal olvide “la salvación del mundo” , o el mandato de “amar a todos los hombres con afecto espiritual ”. El hecho es que las peticiones las hacemos “por nosotros” aunque la finalidad de lo que pedimos sea con frecuencia el bien de los demás. Tal vez resulte más didáctico, más pedagógico, más evangélico, que también la oración recuerde nuestro compromiso con el reino de Dios en el mundo, y que los fieles se preocupen y pidan directamente por los que todavía no lo son. «La verdad»: La Verdad para el cristiano es una persona: Cristo. La persona es siempre misterio. Y si lo es la humana, pueden imaginar el misterio que envuelve a las personas divinas, el misterio que envuelve la Verdad que es Cristo. Si la verdad del misterio –la Verdad que es Cristo- deja de ser lo que buscamos, lo que amamos, lo que contemplamos, lo que admiramos, se transforma en lo que ya hemos adquirido, en lo ya poseído, o mejor, en lo que creemos poseer, pero que en realidad es lo que nos posee, nos esclaviza, nos deshumaniza, nos empuja al abismo de la arrogancia y la intolerancia. La verdad poseída ha manchado la inocencia de la historia de la Iglesia, y continúa ahogando la libertad de los hijos de Dios. Inquisiciones y Santos Oficios y Congregaciones para la Doctrina de la Fe no constituyen motivo de orgullo para la Iglesia de Cristo. Y es en ese contexto de verdad que nos posee y nos esclaviza en el que quiero hacer referencia al «espíritu» de la última revisión del Misal Romano, revisión que se gestó con vocación de autenticidad –de integridad, de exactitud, de verdad- y que nació anacrónica, enigmática y esclerótica. Se dice en la Nota que precede al Imprimatur del libro: “Esta nueva edición ha sido elaborada según los principios y normas de la Instrucción Liturgiam Authenticam de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 28 de marzo de 2001” . Eso quiere decir que la revisión del Misal no se ha hecho según la necesidad de las Iglesias dispersas por el mundo, sino porque supuestamente lo estaría pidiendo “la liturgia auténtica”, la que “nace de la tradición espiritual, viva y antiquísima, de la Iglesia”, lo exigiría su naturaleza, su dignidad, lo reclamarían los “textos litúrgicos”, más dignos ellos de ser tomados en consideración que la comunidad de los fieles. “Los textos litúrgicos latinos del Rito Romano, mientras recogen la secular experiencia eclesial de trasmisión de la fe, son, también, fruto de la renovación litúrgica que se ha realizado recientemente. Para conservar un patrimonio tan grande y rico, y para trasmitirlo a los siglos venideros, es necesario que la traducción de los textos litúrgicos de la Liturgia Romana sea, no tanto una labor de creación nueva, sino de traducción fiel y cuidada de los textos originales a las lenguas vernáculas. Aunque se conceda la facultad de componer las palabras y establecer la sintaxis y el estilo, para redactar un texto ágil en lengua vernácula y conforme al ritmo propio de la oración popular, es preciso que el texto original, en cuanto sea posible, sea traducido con total integridad y con la mayor exactitud: sin omisiones ni añadiduras, sin paráfrasis o glosas, en lo que respecta al contenido; las acomodaciones a la idiosincrasia de las diversas lenguas vernáculas es preciso que se realicen de manera sobria y prudente” . Dando por supuesto que los textos litúrgicos “recogen la secular experiencia eclesial de transmisión de la fe de la Iglesia recibida de los Padres”, la Instrucción sugiere que esos textos se han de considerar intocables, que son textos de siempre y para siempre, y, en consecuencia, como única opción válida en un proceso de revisión, se establece “que el texto original sea traducido con total integridad y con la mayor exactitud”. Pero las cosas no tienen que ser así, aunque lamentablemente todavía estén así. Si no queremos que una estimación indebida de los textos litúrgicos esclerotice la vida de las comunidades eclesiales, será necesario que se les reconozca el derecho a buscar en cada tiempo y lugar formas adecuadas de expresión para la fe, cauces adecuados para que los misterios de la fe alcancen el corazón del hombre . Si obligamos a las comunidades a vivir “mirando atrás”, las condenamos a que “se conviertan en estatuas de sal”. Esa condena ha de ser levantada. La liturgia será “auténtica” si sus textos y ritos expresan con mayor claridad las cosas santas que significan, de modo que el pueblo cristiano pueda percibirlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria . Las celebraciones litúrgicas son “auténticas” cuando la Iglesia, entiéndase el pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos, las reconoce como suyas . La liturgia será “auténtica” si ni siquiera en ella se impone una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad . La liturgia será “auténtica” si, salvada la unidad sustancial del rito romano, se deja margen para las legítimas diferencias y adaptaciones a los diversos grupos, regiones y pueblos . La liturgia será “auténtica” si se considera con solicitud y prudencia qué aspectos de las tradiciones y del genio de cada pueblo pueden ser admitidos oportunamente en el culto divino .
3.3.- La traducción de las palabras «pro vobis et pro multis» En la ya citada Nota al Imprimatur para la 3ª edición del Misal Romano en lengua española, se recuerda que “en la misma se han tenido en cuenta las cartas enviadas por la misma Congregación –la Congregación para el Culto y la Disciplina de los Sacramentos- a la Conferencia Episcopal Española el 27 de noviembre de 2006 (Prot. N. 784104/L), comunicando cómo quedaba el texto del Ordinario de la Misa unificado en 1988, y el 17 de octubre de 2006 (Prot. 467/05/L), comunicando el modo en que debía hacerse la traducción de las palabras pro vobis et pro multis de la consagración del cáliz” . No conozco el grado de aceptación que esa última carta tuvo en las Conferencias Episcopales y entre los Obispos. Que hubo dificultades lo evidencia la carta que, con fecha 14 de abril de 2012, envió el Papa Benedicto XVI al Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana . En esa carta, el Papa “se expresa sobre esta cuestión importante”, se refiere al origen del problema, describe el contexto en que la Santa Sede “ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada”, se extiende en explicar la distinción entre traducción e interpretación de un texto, da las razones por las que se ha optado por una traducción literal de los textos originales, y, consciente de que esa opción, a decir poco, resultará inquietante para los fieles, pide que, en cada área lingüística, la traducción vaya precedida “de una esmerada catequesis, por medio de la cual los obispos deberían hacer comprender concretamente a sus sacerdotes y, a través de ellos, a todos los fieles por qué se hace”. Todo lo que en la carta se dice es razonable, todo es comprensible, todo es aceptable. Pero eso no es suficiente para que resulte razonable, comprensible y aceptable la decisión de imponer para la expresión «pro multis» la traducción «por muchos». “Traducir en vez de interpretar”, hubiera sido siempre una opción posible, legítima, fundada. Pero no es eso lo que se ha propuesto, sino que se ha obligado a “traducir y no interpretar”. Esa decisión implica la deslegitimación de las “interpretaciones” que hasta ayer eran de uso común en las Iglesias de todo el mundo. Y esa deslegitimación es improcedente, inquietante y seguramente alarmante. Lo es por lo que tiene de exclusión de una alternativa –el «por todos»- que, sin que entremos en valoraciones de grado, es una opción también razonable, comprensible y aceptable. Y lo es por lo que tiene de equiparación de Sagrada Escritura y textos litúrgicos, como si éstos hubieran de ser considerados inspirados al modo de aquéllos, y todos hubieran de ser transmitidos tal como se han recibido. Por otra parte, sin pretenderlo, la decisión tomada ha desviado la atención de los fieles desde el relato de la institución de la Eucaristía a una sola expresión de ese relato: el «pro multis». Con gran dificultad se había ido superando en los ministros ordenados la obsesión por pronunciar íntegramente las llamadas “palabras de la consagración”. Se podía esperar que los fieles, ayudados por sus pastores, terminaran por descubrir en el conjunto del relato de la institución la clave para la compresión de la Eucaristía que celebran. Pero, repentinamente, una decisión, motivada en razones que poco o nada tienen que ver con las necesidades de los fieles, devuelve al rincón del olvido la alianza de Dios con su pueblo, la sangre de la alianza, el vino con valor y significado de sangre de la alianza, la copa, la pascua, la cena, Jesús que coge la copa, que pronuncia la acción de gracias, y que pasa la copa para que todos beban; y concentra las miradas, el interés de todos, en unas palabras ¿sagradas?, ¿intocables?, ¿poderosas?, ¿mágicas?... El corazón intuye que la decisión tomada en esta materia, no la hizo necesaria, ni siquiera aconsejable, la ciencia bíblica, tampoco la teología litúrgica, tampoco la oportunidad pastoral, sino que ha sido y es un medio para salvaguardar la sacralidad intangible de las palabras y, de ese modo, dar relevancia al clero, a quien esas palabras están reservadas. En la misma línea, se pretendió excluir del espacio del presbiterio a las mujeres, pretensión que los obispos, consultados sobre ello, rechazaron mayoritariamente. Si las cosas tuviesen ese significado, sería razón suficiente para declarar improcedente tanto la obligación de decir «por muchos» como la prohibición de decir «por todos».
A modo de conclusión, una letanía de esperanzas Llegará un día en que las comunidades eclesiales entrarán en el misterio de la relación que hay entre ellas y Cristo. Llegará un día en que las comunidades eclesiales entrarán en el misterio de la relación que hay entre palabra de Dios y sacramentos de salvación. Llegará un día en que las comunidades eclesiales se reconocerán pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, sacramento de salvación, asamblea santa, pueblo sacerdotal. Llegará un día en que las comunidades eclesiales sentirán la necesidad de constituirse en asamblea litúrgica, asamblea orante, signo visible de la presencia del Señor, epifanía de la Iglesia esposa y cuerpo de Cristo. Llegará un día en que las comunidades eclesiales descubran que son realización de la Iglesia una, santa, católica y apostólica; que son presente y futuro de Cristo en el mundo; que Dios amó tanto al mundo que le dio a la Iglesia. Llegará un día en que las comunidades eclesiales descubran que en ellas todos tienen algo que aportar. Llegará un día en que las comunidades eclesiales serán creativas sin ser extravagantes. Llegará un día en que las comunidades eclesiales serán espacios donde compartir la fe, estimularnos a la caridad, animarnos unos a otros. Llegará un día en que las comunidades eclesiales tendrán un Misal nacido al calor de sus vidas y capaz de iluminarlas con la luz del Espíritu de Dios. Si digo, “llegará un día”, no estoy señalando un horizonte inalcanzable, sino una tarea que realizar, un camino que recorrer, un tiempo de trabajo para todos, un compromiso ineludible para que ese día llegue lo antes posible.