De la visita canónica a la visita pastoral, per R. Guinart - Revista Cresol

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De la Visita Canónica a la Visita Pastoral
 
 
Rafael Guinart
 
  No es necesario sentirse un historiador avispado ni un lúcido teólogo, basta con haber leído a San Pablo, para intuir que la tradicional visita del Obispo a las distintas parroquias de la diócesis tiene su origen en las visitas que San Pablo hacía a las comunidades cristianas por él fundadas, y al cuidado y cariño que por ellas sentía. “Esta será la tercera vez que os visite”,  escribe a la comunidad de Corinto (2 Cor 12,14). Y cuando no pudo ir personalmente a Tesalónica “decidí enviaros a Timoteo, hermano nuestro y servidor de Dios en la proclamación del Evangelio” (1 Tes 3,1). A los cristianos de Filipos les da   esperanza de tenerlo con ellos, “pues  estoy persuadido de que con la ayuda del Señor también yo iré a veros” (Flp 2,24). Y se lamenta a la comunidad de Colosas  “por tantos que no me han visto en persona” (Col 2,1).
 
  Aquel afán apostólico de Pablo y el reiterado deseo de estar con sus comunidades lo hemos percibido también en la visita realizada recientemente, en febrero, por nuestro Arzobispo Antonio, acompañado de sus obispos auxiliares, a las parroquias del Arciprestazgo de San Miguel de Soternes.
 
  Los párrocos, que hemos tenido ya experiencia de varias visitas episcopales, hemos notado una gran diferencia entre la más antigua y la más reciente. En tiempos, todavía no muy lejanos, de cristiandad, la visita episcopal abarcaba festivamente la población entera, pues  toda ella se identificaba oficialmente con la institución parroquial.  Hoy, como en su  tiempo hacía San Pablo, D. Antonio Cañizares ha venido a visitar las comunidades cristianas, ubicadas territorialmente a una y otra parte de la Avenida del Cid de Valencia.
 
  Un detalle nuevo, insignificante sólo en apariencia,  ha sido también el cambio de nominación: la conocimos tiempo atrás como “Visita Canónica”, que entraba en la Parroquia con ojos escudriñadores, dispuesta a una detallada y exhaustiva  inspección administrativa. Los sacerdotes mayores del lugar recuerdan todavía el “terror canonis” (dispense el oído el horror de esta estridencia latina) que inspiraba D. Roque, canciller secretario… Ahora se presenta cual “Visita Pastoral” que abre sus brazos en paternal acogida, y se desenvuelve en un clima  de afectuoso encuentro en Cristo. La visita pastoral adopta hoy una postura de comunión que rezuma delicadezas, se desvive en  atenciones, cura con sus cuidados posibles heridas, y su fuerza expansiva es tan clara e intensa que capacita para romper todos los tabiques parroquiales exteriores y aislantes. La visita pastoral  recuerda que los que nos congregamos en la Parroquia no sumamos un montón de gente, perdidos y aislados  en la cantidad, sino que  constituimos una familia bien avenida y abierta a todos.
 
  El carácter pastoral de la visita nos ha obligado a  visitadores y  visitados a abrir la puerta de la atención parroquial al crecimiento evangélico y a la relación humana de los miembros de la comunidad cristiana consigo misma, y a mantenerla siempre abierta para aliviar a quienes sufren los efectos de la compleja y conflictiva sociedad de la que participamos. El carácter  pastoral nos ha exigido a los cristianos que, además de pertenecer nominalmente a una Parroquia, alcancemos a sentirnos y  tratarnos cual miembros vivos y diligentes de una comunidad cristiana,  unida humana y eclesialmente en Cristo. Pues además de pertenecer a una demarcación parroquial, los cristianos somos Parroquia, es decir, una comunidad cristiana viva y activa. Este espíritu comunitario nos ha estimulado a superar el considerarnos individualmente como  unos buenos cristianos, abundantes estos en las Parroquias, pero quizá estériles evangélicamente, pasando a convivir y misionar, impulsados por el Espíritu Santo, en comunión con todos los miembros de la comunidad cristiana.
 
  Todas las comunidades del Arciprestazgo de San Miguel de Soternes nos hemos alegrado de la visita de nuestro Obispo. Y a la hora de la despedida nos hemos preguntado si hemos de esperar quizá a la próxima visita pastoral y oficial para encontrarnos de nuevo con nuestro Obispo. Sabemos que sus obligaciones episcopales son muchas y delicadas, y que son numerosos los grupos y las instituciones que aprecian y se precian  con la presidencia del Obispo, todo lo cual ocupa muchos de los días de la agenda episcopal con actos múltiples, y a veces protocolarios, que le impiden acercarse y visitar más asiduamente a sus comunidades cristianas, como ciertamente desearía. Sin embargo me permitiría humildemente sugerir la iniciativa de alternar la visita pastoral, de carácter más oficial, con otras posibles visitas espontáneas, cuya oportunidad pastoral sería tan beneficiosa al menos como la visita oficial y programada. Porque, en efecto, cada gesto imprevisto o inesperado del Obispo en su Diócesis, como del Párroco en su Parroquia, son gestos pastorales que tienen gran repercusión en la valoración y estima de la comunidad cristiana.
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