Discernimiento, por A. Martínez - Revista Cresol

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Discernimiento
 
El sant Pare ens demana pregar al mes de març per la formació en el discerniment espiritual, “perquè tota l'Església reconega la urgència de la formació en el discerniment espiritual, en el pla personal i comunitari.
 
Aquilino Martínez Gallego
 
 
El Papa Francisco está insistiendo mucho, últimamente, en la necesidad del “discernimiento”. No es algo nuevo en la Iglesia. El discernimiento es una de esas expresiones que forman parte del bagaje espiritual de la Iglesia. Fue, sobre todo, San Ignacio de Loyola el que le dio más peso y contenido a esta expresión. El santo hablaba del discernimiento de espíritus para saber elegir lo bueno, y descartar lo malo. En su principio y fundamento ya queda plasmada esta idea: “… solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”. Es decir, hay que discernir, para saber elegir aquello que nos conduce a la salvación. Y mucho antes de San Ignacio ya existía esta expresión. En el Antiguo Testamento puede equipararse con la expresión “entendimiento”.
 
  Pero quizá la novedad está en que el Papa Francisco no se ciñe solamente al ámbito individual y al ámbito espiritual, sino que va más allá. Francisco aplica esta expresión, discernimiento, a toda la Iglesia, y a toda la pastoral y evangelización. Ve la necesidad de que sea toda la Iglesia la que discierna, en función de los signos de los tiempos, aquello que tiene que elegir para una mejor presencia en medio del mundo, y para acertar a la hora de evangelizar. Y no le falta razón. En los tiempos en los que estamos, en este proceso de dejar atrás ya la época de cristiandad, para adentrarnos totalmente en una Iglesia misionera, en “salida”, no es que sea importante el discernimiento, sino que es imprescindible.   Porque no todo vale. Hay que elegir, y necesitamos elegir bien. Y éste debe ser un ejercicio de toda la Iglesia, de toda la comunidad eclesial.
 
  Es curioso cómo, en las distintas reuniones que durante este curso estamos teniendo, a propósito del “reencuentro sacerdotal”, en todas ellas manifestamos los sacerdotes esa especie de desencanto, no sólo con lo que se vive y percibe en la sociedad, sino también con nuestra forma de afrontar esta nueva etapa. En el fondo, prácticamente todos nos damos cuenta de que las formas pastorales de antes ya no sirven, se nos caen de las manos. Concordamos en que, ciertas estructuras pastorales y ciertas formas de evangelizar, ya no responden a las necesidades de hoy. Nos da la sensación de que, adornamos algunas de esas estructuras, pero seguimos sin estar a la altura de la sociedad actual.
 
  La misma reflexión se hacen muchos laicos comprometidos, con los que tenemos la suerte de trabajar y reflexionar conjuntamente. Los laicos adultos seguramente tienen, en muchas áreas, más criterios, o un criterio más cercano a la realidad que los sacerdotes, para valorar en qué sociedad estamos y para sopesar si la Iglesia está sabiendo responder acertadamente a esa sociedad.   Ellos, los laicos, son los que más piden la reflexión conjunta, la búsqueda conjunta de caminos nuevos, de estructuras nuevas. En definitiva, de discernimiento. El Espíritu nos empuja a “salir”, a buscar, pero tampoco aceleradamente, impulsivamente. Necesitamos darle contenido y forma a esa “salida”, a esa Iglesia “en misión”. Es necesario el discernimiento eclesial.
 
   Quizá podemos tomar, como referente, como modelo, algún creyente, del que intuimos su capacidad de discernimiento.   En este mes de Marzo celebramos la solemnidad de San José. Es indudable que José tuvo que tener mucha capacidad de discernimiento. Los evangelios prácticamente no nos dicen nada al respecto. Pero, desde nuestra experiencia humana, y contando con los pocos datos que nos aportan los evangelistas, podemos intuir que, detrás de sus decisiones para “escoger lo mejor”, tuvo que haber un tiempo prolongado y profundo de discernimiento.   Discernimiento, además, no exento de oscuridad y dudas. Porque, la decisión primera de quedarse o no, con María, no tuvo que ser nada fácil. Pero, después de este primer discernimiento personal, tuvo que tener también un discernimiento conjunto con María. Podríamos decir, un discernimiento eclesial. Defender y proteger a Jesús, acompañarlo en su crecimiento, educarlo como persona y como creyente… tuvo que suponer un discernimiento conjunto inevitable. Tenían en sus manos una misión delicada, humana y divina a la vez, y no valía cualquier cosa, cualquier decisión, cualquier modo de acompañar, educar y convivir con Jesús. Había que “escoger lo mejor”, discernir lo mejor. Imagino también la nueva etapa que se planteaba con la marcha de Jesús, al irse de casa y empezar su vida pública: ¿cómo acompañar desde la distancia? ¿cómo mostrarle su apoyo y su cariño, respetando al máximo su libertad? ¿cómo “corregirle”, si lo creían oportuno?. No es fácil ponerse en su lugar. Seguramente los padres con hijos tienen más argumentos para sintonizar con su situación. Lo cierto es que tuvieron que discernir, como matrimonio y como padres, en todo momento. Y no lo harían contando solamente con sus capacidades, sino contando con el Espíritu de Dios. Todo lo que iban “guardando en el corazón”, lo ponían en las manos de Dios, para que Éste lo ordenara, le diera sentido, y para intentar recibir e intuir esos signos de lo alto y esos “signos de su tiempo”, que les ayudaran a “escoger lo mejor”.
 
  Que la celebración de San José, como patrono de la Iglesia, no sea un momento más, reducido al culto que le tributamos. Que su discernimiento, el de José junto con María, nos sirva de referente a todos los cristianos para el necesario discernimiento que necesitamos.
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