Equilibrio universal, per D. González - Revista Cresol

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“Equilibrio universal”, la falla municipal de 2018
 
 
David González Niñerola
 
 
  Este es el nombre de la próxima falla municipal de este año. Como toda obra estética, alberga en su seno una mirada también ética. Y crítica. Invita a la reflexión porque ha surgido directamente de ella. La tríada de artistas formada por Okuda San Miguel, Pepe Latorre y Gabriel Sanz, a los que debo todo mi agradecimiento por su colaboración para este artículo, ha creado un monumento de formas vanguardistas y colores vivos, de estilo surrealista pop, y que terminará de pintarse durante la “plantà” para dar buena cabida a los más de 28 tonos cromáticos que lo llenan de luz. En esta obra maestra el diseño de Okuda San Miguel, reconocido internacionalmente, se puede adivinar en la forma de mirar a un mundo como el nuestro desde las perspectivas del existencialismo, la denuncia de la falsa libertad que contiene el capitalismo o las contradicciones y paradojas humanas que se entrecruzan en nuestra propia naturaleza. En definitiva, bajo la misma realidad en que vivimos.
 
  Aquí el espectador encontrará el fruto de una simbiosis perfecta entre estos tres creadores, que han trabajado verdaderamente en una sinfonía de coordinación admirable. El sentido profundo de su mensaje es una sátira sobre la banalización del dinero en la actualidad.
 
  Para contemplar bien una obra artística es importante educar nuestra mirada desde la forma de mirar de sus autores. En el caso de esta falla puede ayudarnos a hacer esto efectuar un recorrido que vaya de arriba a abajo, desde la cúspide de su estructura hasta la base. La obra consiste en una escultura totémica que se corona con dos figuras bien reconocibles: dos musas clásicas en forma de “mujeres-pájaro” alzan y protegen a un mundo que está alimentado por el dinero, un globo terráqueo representado como una hucha en la que entra una moneda “con la sonrisa frívola de la representación icónica de la felicidad en nuestros tiempos”, en palabras de los mismos autores. La sociedad actual tiene su propia dinámica, el dinero es el que rige realmente nuestra existencia desde una pirámide de valores que tiñen la realidad continuamente de un determinado color, e impone su monocromía. Inmediatamente después, una estrella con infinidad de picos y colores en forma de “Kaos Star” nos transmite una declaración de libertad y optimismo, y es que no importa dónde estemos o lo que estemos haciendo, lo verdaderamente valioso es tener siempre referencias propias para alcanzar las metas que hayamos elegido. Una colorida y asimétrica Rosa de los Vientos apunta aquí sus vértices hacia mil direcciones. La Humanidad aparece luego representada un poco más abajo. Cuatro caras humanas con diferentes tonos muestran la esencia que subyace a cada persona y también una diversidad muy especial: los colores vibrantes de dos de ellas refieren a lo nuevo, la juventud, el camino que aún está por recorrer, mientras las otras dos, caracterizadas por la ausencia de color -en tonos grises-, remiten al camino ya recorrido, a la experiencia de lo conocido y que es propio del pasado, no del futuro. Un ligero contraste con la base circular de la falla que, finalmente, estará aún más repleta de formas y pluralidad. En esta primera parte encontraremos una imagen del universo que sustenta la vida y en que se representa por igual a la naturaleza y toda la mitología que ha surgido alrededor de ésta (unicornios, figuras animales, ángeles..). Este origen primordial acaba convirtiéndose en la gran antesala de la civilización que el hombre ha construido sobre ella después -reflejada en un segundo nivel-, uno “en el que la impronta humana, en forma de construcción de ladrillos, sujeta a una civilización que mira incrédula lo cambiante y cíclico de nuestras vidas” marca con su sello el centro de nuestra realidad.
 
  Así podría completarse una visión panorámica de todo el monumento que, como toda obra de arte, seguro puede ser interpretada con muchísimos más matices desde muchas otras perspectivas, quizá tantas como espectadores. Corresponderá a cada uno establecer la suya. Verdaderamente, en todo caso, los artistas han conseguido plasmar de forma positiva y colorista el conflicto existencial de la sociedad contemporánea, y lo han hecho inspirándose, salta a primera vista, en la esencia más profunda de las Fallas, de un modo transgresor y crítico, plástico y estético a la vez, pero sobre todo profundo, lejos de la superficialidad. Es lo que caracteriza al verdadero arte.
  
 
  La ironía más patente se encuentra, sin duda, en la cumbre de esta gran montaña: la hegemonía del dinero como gran valor social de matices grisáceos que contrasta con los colores y formas anteriores llenos de vida y de luz, y que afea, en cierto modo, la belleza de una realidad natural y humana llena de tonalidades. El arte vuelve a ser aquí un vehículo del pensamiento. Parte de las dimensiones que son inherentes a la fe cristiana es la de escrutar los signos de los tiempos. Parece, entonces, que la fe y la razón están estrechando de nuevo sus manos en una cierta lectura de nuestro suelo existencial: en la última Misa del Gallo que celebró en la Basílica de San Pedro, el papa Francisco recordaba en su homilía la necesidad de que tengamos un comportamiento sobrio, equilibrado, en medio de una sociedad “ebria de consumo, de placeres de abundancia y lujo”; una sociedad, en resumidas cuentas, desequilibrada, o donde todo está desequilibrado de alguna manera. Si el arte está llamado a denunciar la realidad desde su propia metodología, nosotros también lo estamos a corregirla en la medida de nuestras posibilidades.   Y a restablecer un auténtico equilibrio.
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