La iniciación cristiana, por V. Botella - Revista Cresol

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La iniciación cristiana, retos y desafíos
 
 
Vicente Botella Cubells OP
 
 
  Es lógico que a la Iglesia le preocupe el tema de la transmisión de la fe. Se trata de una cuestión nuclear porque ella recibió de su Señor el encargo de comunicar la Buena Noticia del Reino a todos los hombres de todos los tiempos. En este sentido, este asunto tiene que ver con su propio ser. Por eso, la Iglesia, sin la implementación de esta labor, queda herida de muerte y, esto, no solo por la falta de reclutamiento, sino, sobre todo, por traición o infidelidad a sí misma.
 
   El asunto de la transmisión es complejo. La fe no es un objeto que se pueda pasar de mano en mano como un testigo en una carrera de relevos. La fe, al mismo tiempo, es don y respuesta. La fe se vive en el seno de una comunidad que la acredita o la pone en valor con su testimonio y su predicación. Y, además, todo esto acontece en un contexto humano y cultural determinado. La comunidad, como es lógico, ha de poner todo su interés en dar a conocer a Jesucristo a quien lo quiera recibir. Y ha de hacerlo bien. Pero en esta tarea dos más dos no son cuatro. Estamos ante una experiencia de sentido, que implica un encuentro “amistoso” entre el Dios de Jesús y una persona. Y este hecho es un misterio, porque en él se conjugan la gracia y la libertad.
 
   La Iglesia naciente en su expansión evangelizadora fue aprendiendo a transmitir la fe o a crear las condiciones que la favorecieran. El desafío era grande. ¿Qué había que hacer para llegar a ser discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia? En principio, todo comenzaba por el primer anuncio o Kerigma, provocador de la conversión. Luego, venía una instrucción catequética que ahondaba en las bases de la incipiente fe nacida del kerigma. En este proceso, no podía dejarse de lado, como es lógico, el contraste de lo enseñado o transmitido con la propia vida de los aspirantes a discípulos de Cristo. Parecía claro también que dos celebraciones balizaban el camino hacia la identidad cristiana: el bautismo (comienzo) y la fracción del pan (madurez).
 
   Por este sendero, y a partir de la experiencia acumulada, la Iglesia urdió un plan de iniciación cristiana al que llamó catecumenado. Un proceso con etapas y objetivos definidos, que servía al Pueblo de Dios para acompañar a los candidatos a cristianos en su itinerario hacia la fe. El proceso catecumenal culminaba con la celebración sacramental (bautismo, ritos postbautismales -después confirmación- y participación en la eucaristía; todo en la Vigilia pascual) y la catequesis sobre los sacramentos o misterios recibidos (mistagogía).
 
  El catecumenado, desde aquella fecha, ha sido el modelo referencial de la iniciación cristiana. Sin embargo, el catecumenado fue decayendo en la medida en que la situación sociológica cristiana se transformó. Cuando la Iglesia se convirtió en la religión oficial, el catecumenado de adultos se fue difuminando hasta desaparecer.
 
  Del llamado catecumenado antiguo descuellan algunos datos que no han de caer en el olvido cuando hoy reflexionamos sobre la iniciación: a) estaba diseñado para adultos en una época en el que el cristianismo no era mayoritario (además de padecer persecución); b) era la consecuencia de la evangelización y del testimonio provocador de los cristianos; c) tenía un sentido claramente procesual, sustentado por una espiritualidad bíblica (el éxodo, el seguimiento, el camino); d) la implicación de la comunidad en el proceso era clara y estaba bien diseñada: la Iglesia, iniciando, se reiniciaba a su vez; e) quedaba claro que la vida cristiana era un bautismo (inicio) que se hacía eucaristía (madurez); es decir, el orden de recepción de los sacramentos de la iniciación coincidía con su sentido teologal y teológico.
 
   Ha pasado mucho tiempo, pero el modelo iniciático eclesial en las zonas tradicionalmente cristianas no ha cambiado mucho después de la decadencia del catecumenado antiguo. Este modelo se ha centrado en la iniciación de niños; en él, la confirmación ha conquistado pastoralmente el lugar de meta final del proceso de madurez en la fe y, todo esto, en el horizonte de una pastoral eclesial centrada en la sacramentalización…
 
  Con todo, las cosas han seguido evolucionando. En latitudes como la nuestra, de una sociedad cristiana hemos pasado a una sociedad secular y plural en la que la fe cada vez es menos significativa. Además, el fenómeno migratorio ha puesto en relación a culturas y creencias diversas. Esta nueva situación reta a la Iglesia. De manera específica, en lo que afecta a la transmisión de la fe y a la iniciación. No obstante, como hemos indicado, a pesar de estos cambios, el modelo iniciático, entre nosotros, apenas ha sufrido alteraciones. Esto significa que hay una tarea pendiente. Y eso, que el Vaticano II, con perspectiva de futuro y ante la evolución de los acontecimientos, ya previó la restauración del catecumenado de adultos e impulsó la aparición del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos (RICA), auténtica joya litúrgica que, desgraciadamente, es poco conocida y poco empleada.
 
   A pesar de lo mucho que se podría decir sobre todos estos asuntos, no podemos explayarnos por razones de brevedad. Hemos de ceñirnos al título del artículo; es decir, a los retos que la iniciación nos está planteando. Aun sabiendo que seremos esquemáticos vamos a señalar algunos de estos retos en una serie de puntos.
 
  a) El primer desafío a afrontar en este campo es la aceptación eclesial, teórica y práctica, de que la sociedad ha dejado de ser cristiana.
 
  b) Como consecuencia, se ha de admitir, con progresiva normalidad, que, en el contexto actual, han de convivir dos itinerarios de iniciación: el de niños y el catecumenado de adultos; este, además, irá creciendo paulatinamente dada la secularización y la descristianización reinante.
 
 
  c) Tal circunstancia reclama a las Iglesias diocesanas una atención minuciosa, articulada y seria al catecumenado de adultos bajo la sabia guía del RICA. Para lograrlo, será bueno contrastar y aprender de las Iglesias que ya tienen alguna experiencia en este terreno.
 
  d) La consecución de estas metas ha de ir de la mano del afianzamiento efectivo de una nueva mentalidad eclesial en lo referente a la pastoral, que, como tantas veces se ha repetido, ha de ser prioritariamente evangelizadora (“en salida”) y, por consiguiente, no centrada en la administración sacramental, ni “autorreferencial”.
 
  e) Esta mentalidad incluye también una mayor implicación, compromiso y formación de toda la comunidad cristiana (en su riqueza clerical y laical) en orden a evangelizar, escuchar, acompañar, catequizar, introducir en la liturgia, ayudar a discernir y, cómo no, para coordinar pertinentemente diversos itinerarios de crecimiento en la fe (de niños, adolescentes y adultos).
 
  f)  En relación con el modelo de iniciación de niños sigue siendo un desafío el orden de recepción de los sacramentos; ha de quedar claro en la praxis que la eucaristía es la cumbre del proceso iniciático (como lo es de toda vida cristiana).
 
  g) Sigue siendo un reto la formación de todos los que terminaron la iniciación cristiana pero que han de seguir creciendo en la fe. Sobre este particular hay experiencias plurales, algunas muy extendidas y que tienen como referencia el modelo catecumenal. Habría que quedarse con lo mejor que ofrecen cada una de ellas.
 
  h) Todo proceso de iniciación, para que sea efectivo, ha de tener presente el contexto humano, cultural y social en el que se halla tanto la Iglesia que inicia como los que son iniciados (una iniciación inculturada). La fe no se ha de confundir con la cultura pero tampoco puede vivir de espaldas a ella.
 
  i) Por último (que, a lo mejor es lo primero), la importancia del tema reclama, una reflexión, unas indicaciones y unas decisiones en las instancias más altas de la Iglesia.
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