La primavera del Papa Francisco, por J.L. Ysern - Revista Cresol

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La primavera del Papa Francisco

José Luis Ysern de Arce
 
  Ya ha pasado el Papa por Chile, y como era de prever no todo en su visita fue miel sobre hojuelas; también hubo momentos de agraz y de palabras de su autoría, nada felices por cierto, respecto al bullado tema del Obispo de Osorno.
 
  Un Papa así nos hacía falta. Sí, un Papa que se acerca a la gente, a los periodistas, que se deja preguntar y cuestionar, que improvisa respuestas y que se equivoca como cualquier hijo de vecino. Ha puesto a la Iglesia en trance de primavera y empezamos a ver florecer la esperanza de los frutos.
 
  Me gusta mucho este Papa: escribe por propia iniciativa a teólogos que antes habían sido cuestionados y les dice que está con ellos, que sigan adelante con sus reflexiones; repite una y otra vez que en la Iglesia le interesa la unidad no la uniformidad.
 
  Me gusta un Papa que nos pide que recemos por él porque lo necesita, necesita mucha fuerza para sacudir las polvorientas estructuras de una institución eclesiástica que ha dejado de lado en muchas ocasiones la pureza intrépida del Evangelio.
 
  Me gusta un Papa que es inclusivo y que por lo mismo pide a la Iglesia que viva en actitud de salida y deje de ser autorreferencial, que mire al mundo y dialogue con tantas realidades nuevas y buenas que aparecen en este mundo. Un Papa que nos llama a cuidar la casa común porque la dignidad humana requiere de una tierra acogedora y benefactora de todos.
 
  Me gusta un Papa que mira a las personas a las que llamábamos en “situación de pecado” (divorciados vueltos a casar, homosexuales, etc.) y nos dice “¿quién soy yo para juzgar?” y nos pide que nos demos el trabajo de hacer el correspondiente discernimiento caso a caso. Nos recuerda que Dios es amor y que Él es más que la Iglesia y las normas de la Iglesia.
 
  Desde la Iglesia latinoamericana estamos en posición privilegiada para entenderle mejor y apoyarle con todo nuestro empeño; estamos en su sintonía. Solo nos preocupa que quizá el tiempo no le dé para llevar a cabo todas las reformas que quiere hacer y que la Iglesia necesita. Sin embargo creemos en la fuerza renovadora del Espíritu y pensamos que esta puesta en marcha de la reforma primaveral ya no tiene marcha atrás. El Papa que venga después ya tiene mucho adelantado y se empeñará en que la primavera de Francisco llegue a buen término. Esta es la primavera que tanto esperábamos y a la que queremos apoyar.

Francisco en Chile nos anima a la escucha atenta

Mucha tinta se ha vertido ya sobre la visita del Papa a Chile, y mucha atención se ha prestado –quizá demasiada- al tema del Obispo de Osorno. Prefiero concentrarme en las dos primeras actividades del Papa en Chile porque me da la impresión de que no hemos sabido apreciarlas en todo su valor. Además, los primeros gestos tienen mucha importancia psicológica y social; sabemos que mucha gente se deja llevar por las primeras impresiones y que ellas es muy difícil cambiarlas.

 El primer gesto del Papa al llegar a Chile, una vez realizados los saludos protocolares en el aeropuerto, fue pasar a rezar a la tumba del Obispo Enrique Alvear, el Obispo de los pobres. Los curas viejos como yo podemos dar testimonio de quién era Don Enrique, y de cómo le quisimos todos. Fue modelo de sencillez, entrega, cercanía. Hombre que en sus mismas vestimentas jamás lucía prenda alguna que le hiciera diferente a los demás. Ningún boato, ningún colorín, ni siquiera el cuello de cura. Una simple crucecita en la solapa de su chaqueta de hombre cualquiera, fue todo su distintivo externo.   Don Enrique perteneció a esa generación de Obispos que tuvimos en Chile que dejó la vara muy alta a muchos de los de hoy. Me emocionó que el Papa haya dedicado sus primeros minutos en Chile a venerar la figura de este querido Obispo de los pobres, destacado por su valentía en la defensa de los derechos humanos en plena dictadura militar.
 El segundo gesto que quiero destacar es la visita a la Presidenta de la República y personeros de gobierno, en el palacio de La Moneda. Podríamos mirar esta actividad como una simple ceremonia de protocolo de Estado. Ciertamente fue un acto protocolar, pero no se quedó en eso; fue también un encuentro modélico del jefe de un Estado laico con el jefe de una Estado confesional. Michelle Bachelet, la agnóstica Presidenta de Chile, recibió al Papa con un primor, con una delicadeza, con un cariño y respeto que desbordaba por todos sus poros. Más allá del saludo protocolar de dos jefes de Estado, se traslucía el encuentro de dos amigos. El saludo de estas dos personas en el palacio de La Moneda, las palabras de acogida que a continuación dirigió la dueña de casa al ilustre visitante al que llamó “amigo”, las respetuosas y cálidas actitudes de ambos, nos hacían pensar a los espectadores que sí, que un mundo mejor es posible. Y que ese mundo lo podemos construir juntos los hombres y mujeres de fe y los de la increencia, los de la Iglesia y los de la sociedad secularizada y laica. Todo está en que nos sepamos escuchar y respetar.
 El discurso de la Presidenta consistió en una especie de manifiesto programático acerca de las expectativas para un pueblo que busca la equidad y la justicia. Con cariño hizo referencia a las propias enseñanzas del Papa insistiendo en cómo el Chile que queremos construir está llamado a centrar en la dignidad de la persona el objetivo de su desarrollo. Y por supuesto no se olvidó de agradecer a la Iglesia por haberse esforzado con ahínco para que Chile recuperara la democracia en tiempos de dictadura, y por tantos religiosos que arriesgaron su vida en la defensa de los derechos humanos.
 Las palabras respuesta del Papa fueron en la línea de la escucha atenta al mundo de hoy. Su discurso breve y sencillo es una joyita que no tiene desperdicio y que cualquier lector lo puede encontrar en Internet. Citando al querido cardenal Raúl Silva Henríquez y al santo jesuita Alberto Hurtado, recordó cómo para construir nación hay que fijarse en algo más que en límites y fronteras y hay que llegar a la capacidad de escucha. Sólo escuchándonos con respeto podemos lograr un nutritivo encuentro entre nosotros y seremos capaces de construir una nación de hermanos. Bien estuvo que haya explicitado los grupos que deben ser escuchados por la sociedad y por las autoridades de gobierno:
“Escuchar a los parados, que no pueden sustentar el presente y menos el futuro de sus familias; a los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada, para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación. Escuchar a los migrantes, que llaman a las puertas de este país en busca de mejora y, a su vez, con la fuerza y la esperanza de querer construir un futuro mejor para todos. Escuchar a los jóvenes, en su afán de tener más oportunidades, especialmente en el plano educativo y, así, sentirse protagonistas del Chile que sueñan, protegiéndolos activamente del flagelo de la droga que les cobra lo mejor de sus vidas. Escuchar a los ancianos, con su sabiduría tan necesaria y su fragilidad a cuestas. No los podemos abandonar. Escuchar a los niños, que se asoman al mundo con sus ojos llenos de asombro e inocencia y esperan de nosotros respuestas reales para un futuro de dignidad. Y aquí no puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza, vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. Me quiero unir a mis hermanos en el episcopado, ya que es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir.....”
 Fue cerrado el aplauso que recibió el Papa al decir estas palabras. Periodistas chilenos han subrayado que esta petición de perdón ya la había hecho Francisco en otros lugares en el curso de sus visitas a distintos países, pero que nunca lo había hecho en el contexto de la ceremonia de Estado, en el palacio de Gobierno. Por supuesto que este hecho encierra un especial significado como de Iglesia que pide perdón y reconoce sus fallas ante una sociedad pluralista y laica a la que está llamada a servir.
 Habló el Papa de la capacidad de escucha a la casa común, de “fomentar una cultura que sepa cuidar la tierra y para ello no conformarnos solamente con ofrecer respuestas puntuales a los graves problemas ecológicos y ambientales que se presentan; en esto se requiere la audacia de ofrecer «una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático»”.
 Me gusta resaltar estos signos porque sabemos la fuerza que encierran. Son muy significativos del mundo de fraternidad que estamos llamados a construir entre todos, por muy distintos que seamos. Todo un signo de ese pluralismo respetuoso al que nos invita el mismo Evangelio de Jesús.
José Luis Ysern de Arce
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